La flor de Polanka

por ERIC NICOLAIEVSKY, Egresado de Psicología, PU. Católica. Est. MA en Psicología Laboral Organizacional.

 

Cuando era pequeño, siempre íbamos de vacaciones a la casa del lago. Me gustaba ir con mis padres a veranear a la vieja casa que había sido de mi abuelo. La verdad es que al principio no me gustaba mucho, no, pero luego conocí a Polanka.

Yo era sólo un niño y no entendía casi nada, pero nos hicimos amigos el uno del otro muy rápido. Desde ese momento, me empezó a gustar ir a las vacaciones del lago, donde cada verano me encontraba con Polanka que venía con su familia a pasar los mismos meses que nosotros.

Era una niña bien blanca, ella decía que la molestaban siempre por eso, pero a mí me parecía bonita igual. Pero lo que en verdad me debilitaba era su sonrisa. Siempre que jugábamos, yo me quedaba frío, así como perplejo, la mayoría de las veces perdía, simplemente hipnotizado.

Hasta que un verano, ya no la vi más. Seguí yendo al lago con mi familia un par de años más. Incluso algunos días iba hasta la casa de Polanka a ver si había alguien adentro o algo que me diera alguna señal, pero nunca encontraba nada. Me aburrí de ir al lago. Les dije a mis padres que ya estaba grande para ir con ellos todos los veranos, pero era simplemente porque ella ya no estaba ahí.

Pasaron los años, y empecé a salir en la ciudad o a irme a otros lados con amigos. Me olvidé de ella. Me olvidé del lago y de la casa. Hasta que un día, ella volvió a aparecer. Estoy seguro que fue ella. Por un instante, mirándome con sus ojos castaños desde una ventanilla del bus del transporte público, esquivando la mirada justo cuando yo encontré la suya. Y yo impotente, dejándola escapar mientras se cerraban las puertas, sabiendo que había perdido la oportunidad de volver a ver su sonrisa. Olvidé por completo lo que tenía que hacer ese día. Regresé a mi casa y empecé a revolver mis cosas envuelto en un torbellino de recuerdos. Hasta que la encontré; marchita y seca entre las hojas de un viejo libro escolar; la flor que me había dado el último día en que la vi.

“Toma, un regalo” – me dijo ella con la cara manchada con tierra. “¿Y de qué me sirve a mí una flor de regalo?” – le respondí como cualquier niño de mi edad hubiera hecho. “Para que te acuerdes de mí, tontito, obvio… ¿la vas a guardar?”.

Aquí y ahora nuevamente, sobre mi mano descansa este recuerdo marchito congelado en el pasado.

En ese momento, sentí la llamada de la casa del lago, susurrando mi nombre desde otro tiempo. Un escalofrió subió por mi espalda y se alojó en mi cuello. El viejo libro cayó de mis manos, haciendo un estruendo contra el suelo de madera, y sin pensarlo dos veces, robé la llave de la camioneta de mi padre y partí sin pedir permiso a nadie. Manejé sin parar hasta llegar a la reja que guarda el camino al lago. Me bajé del auto y sentí como el frío me subía por las piernas. Era de esos fríos húmedos, cubiertos de musgo. Abrí el portón y agradecí al cielo por poder volver a subirme a la camioneta.

Avancé entre la niebla lentamente, oyendo el rumor de las ruedas sobre el camino de tierra, marchitando las hojas mojadas y quebrando las finas ramas caídas de los árboles, hasta que la casa del lago apareció frente a mí, inclinada, grande… mucho más grande de lo que recordaba. En ese momento, las luces de la camioneta comenzaron a titilar. Miré el indicador y me di cuenta que tampoco me quedaba combustible. Lo último que veo es como avanza la niebla sobre el lago, cuando me quedo totalmente a oscuras.

Tanteo el camino hasta encontrar la puerta de la casa, que misteriosamente me recibe con un gemido lastimero de las bisagras mientras se abre al ceder bajo el suave contacto de mi mano. Entro y todo es silencio y oscuridad, hasta que mi respiración se calma y vuelvo a escuchar los ruidos de la noche, y los grillos me acompañan mientras mis ojos se acostumbran a la penumbra de la luz de la luna.

Prendo un fuego con dos troncos olvidados que están al lado de la chimenea y, mientras la luz se come a las sombras, me doy cuenta que no estoy solo. Giro lentamente y me encuentro con ella, con su piel blanca, sentada en el viejo sillón de mi abuelo, mirándome con los ojos castaños detrás de algunos tirabuzones de pelo corto. Polanka.

“Haz vuelto” – me dice con su nueva voz de mujer. Abro mi mano y encuentro, sobre mi palma extendida, la flor seca que ella me dio, hecha trizas por la presión que había estado haciendo sin siquiera notarlo. Se la enseño lentamente, y mientras uno a uno se vuelan los pétalos hechos pedazos, empujados por un soplo de viento que se coló por entre alguna grieta de la casa, veo como se asoma una sonrisa por su cara.

Me quedo frío, hipnotizado nuevamente por su hechizo; con la mano en alto en donde antes tenía la flor, tal como me pasaba cuando éramos niños. Comienzo a temblar sintiendo el musgo helado que sube por mis piernas, y mientras ella se acerca, sin dejar de sonreír, veo como la niebla inunda la casa y va extinguiendo el fuego, dejando la habitación cada vez más sombría.

Se acerca hasta estar a centímetros de mi oreja, y susurra: “Ahora nunca volverán a separarnos”. Retrocede lo suficiente para que pueda mirarla a los ojos y veo en los de ella el reflejo de los míos, iluminados por el leve resplandor de las ascuas de la chimenea. Entonces sopla, y la niebla se come al fuego. Y siento el frío de sus labios tocando los míos en un beso, mientras la niebla me arrastra al mundo de los sueños para siempre.

Polanka… escucho susurrar a la vieja casa del lago mientras voy quedándome dormido.

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