Contra la justicia popular

por GIANFRANCO RAGLIANTI, Abogado, U. de Chile. Cineasta

 

A todo el mundo parece gustarle verse potencialmente desprotegido ante una turba enardecida. De otra forma, no me puedo explicar el apoyo que han tenido en las redes sociales las detenciones ciudadanas, o la página donde pública y abiertamente se le desea la muerte a Larraín. En esto, subyace un pensamiento profundamente arraigado que trata al delincuente como un otro, como alguien esencialmente distinto a uno.

Pero lo cierto es que, si bien yo me siento lejos de aquel que intenta robarle un celular a una abuelita en la calle, no me siento tan lejos de poder –por accidente- atropellar a alguien y hacer absolutamente todo lo que esté a mi alcance por evitar ir a la cárcel. Dudo que dejaría que la persona se desangre en la calle y buscaría ayuda, pero ninguno de nosotros sabe cómo va a reaccionar enfrentado a una situación así.

Es labor del poder judicial, e indirectamente del legislativo, impedir que hacer lo que está a nuestro alcance, velar por nuestros intereses, obstruya la aplicación de la justicia, y que las personas no apliquen sus propias “justicias”.

Agradezco estar lejos de entender el dolor por el que pasa la familia de la víctima de Larraín, y la frustración que sufren al sentir que no se están respetando las leyes, que el sistema sólo beneficia a algunos. Pero esa frustración, rabia, e impotencia es la misma que sienten los que salen a la calle y roban un celular, un auto o toman una billetera y salen corriendo.

Se los ve como gente esencialmente distinta a uno, y lamentablemente lo son: no tuvieron acceso a la educación ni a los lujos que la mayoría de nosotros acostumbramos y damos por sentados. No son ontológica ni genéticamente distintos a ningún ser humano, no nacieron predeterminados como delincuentes.

Por otro lado, delincuentes con educación universitaria y un mundo de oportunidades existen por montón. Es sólo que sus inmoralidades son más sofisticadas, y no siempre constituyen delito (léase, subir anualmente los planes de las Isapres; cobrar diez pesos de más en cada cuenta del teléfono o del cable; etc.)

El cliché de la puerta giratoria; las noticias nos alarman, mientras el hombre ancla, intentando disimular una sonrisa de satisfacción por lo que estamos a punto de ver, presenta el último video registrado de una detención ciudadana, en el que un grupo de 20 personas se burla de “un delincuente”, mientras los más frustrados, le patean la cabeza en forma completamente cobarde.

O bien, lo amarran a un poste desnudo y lo envuelven en alusaplás. O lo dejan en el suelo, mientras le pegan y se ríen de él porque su cuerpo, buscando mantener la conciencia, luchando por detener las hemorragias, decide descuidar sus esfínteres liberando la orina acumulada.

“Es que le robó el celular a un abuelito”; “es que quería robarle el auto a una abuelita”, se justifica la turba. “Imagínate que alguien le robe un celular a tu abuelo”, pero yo claramente prefiero que alguien le robe el celular a que le peguen un combo en la cabeza. No he podido olvidar, en todos estos años, cuando Labbé organizó el repudiable homenaje a Krasnoff y un tipo joven le pegó un combo en la cabeza a un señor sobrepasado hace rato los 65 años. Nadie le hizo absolutamente nada. Entre sus amigos, probablemente fue el héroe de la jornada.

La excesiva valoración que la sociedad manifiesta sobre la propiedad lleva a encontrar equiparable robar un celular, con humillar y degradar a un ser humano. Pero si nos gusta vivir como vivimos, deberíamos asumir que un robo esporádico es parte del precio que hay que pagar para mantener el tipo de sociedad que tenemos.

Pareciera que se nos olvidan las profundas desigualdades que mantenemos en Chile. Tenemos un techo, a diferencia de las más de 12.000 personas en situación de calle. Tenemos nuestro propio dormitorio, no hay que compartirlo con más de cinco personas como lo hacen 50 mil hogares. Tenemos acceso permanente a internet, a diferencia del 33% de la población, más de cinco millones y medio de personas. El ingreso per cápita en las casas no es supera los 332.000 pesos en más del 80% de la población. ¿Tan disparatado resulta que un porcentaje ínfimo de nuestra propiedad se redistribuya por las propias manos de “los delincuentes”?

Creemos en hacer justicia, entendiendo que si me roban, tengo derecho casi a matar al que intente hacerlo. Pero si no existe justicia en la distribución de los ingresos y de la propiedad, y alguien se siente con el derecho de hacerla por su propia mano, éste merece ir a la cárcel y no salir nunca más (y ojalá que se lo violen, como si eso fuera a ayudar).

Si yo vivo en situación de hacinamiento extremo, allegado con otra familia, sin privacidad, en un entorno extremadamente violento, en una villa sin áreas verdes, gastándome un 10% del salario mínimo en un sistema de transporte en el que comparto mi metro cuadrado con otras siete personas durante tres horas al día, para llegar a trabajar a un lugar donde niños de 18 años andan en autos propios, y todos tienen dormitorios del porte de mi casa y se gastan en un viaje al extranjero mi sueldo de dos años (siendo muy conservadores), la situación claramente me va a violentar. Es la violencia de la clase alta.

Se tiende a pensar que merecemos lo que tenemos, pero ninguno hizo nada porque nos alimentaran bien, no les pedimos a nuestros papás que nos mandaran a un colegio privado (de hecho, yo les pedí que me sacaran), no hicimos nada por recibir los genes que recibimos ni el coeficiente intelectual que tenemos. Incluso los que no tienen el coeficiente intelectual para que les vaya bien en una carrera universitaria, tienen los contactos necesarios como para vivir igual cómodamente.

Si esencialmente “ellos”, “los delincuentes”, son distintos a nosotros, entonces probablemente no creamos en la reinserción. Mejor sacrificarlos, como si fueran animales peligrosos. Pensar la cárcel como una panacea es un absurdo. Están incluso más hacinadas que los hogares con índices más altos de hacinamiento, y el entorno violento difícilmente puede rehabilitar a alguien.

Ni yo (ni nadie) tiene la respuesta sobre qué es lo más adecuado para hacer con aquellos que delinquen, pero claramente, que una turba enardecida quiera hacer justicia está lejos de ser la solución y es extremadamente peligroso. Necesariamente, la violencia va escalando. Hoy sólo le pateamos la cabeza (pero no taaaaan fuerte). De repente, se nos va a pasar la mano, y lo mataremos. También “los delincuentes”, generalmente desarmados o sólo con armas blancas para amenazar, van a tener que armarse mejor para andar más protegidos de las turbas; un balazo al primero que se me acerque y hasta ahí llegó el afán justiciero.

Además, la gente es falible. Hasta ahora, la mayoría de las detenciones ciudadanas encuentran una justificación en que lo vieron in fraganti. Pero ¿qué va a pasar cuando alguien invente un robo para acusar a alguien? o cuando una muchedumbre se empiece a meter en discusiones ajenas y decidan juzgar y ejecutar in situ al culpable.

Si criticamos a Larraín y nos gusta desearle la muerte en forma anónima en una página creada especialmente para estos efectos, porque (supuestamente) el tipo usó su poder, su dinero y sus influencias para no ir a la cárcel, entendamos que existe gente que manifiesta su frustración contra los favorecidos de este país y decide robar. Querer, luego, ejecutarlo en la vía pública, es un contrasentido.

Si por otro lado, piensas que mientras no se publique la sentencia y se entienda el razonamiento que llevó a los jueces a absolver a Larraín y a declarar culpables por obstrucción a la investigación (¿de un delito inexistente?) a sus amigos, no es sensato odiarlo ni desearle la muerte, entonces ¿por qué patear en el suelo a alguien que otros te dicen que vieron robar? Y aun si lo hubiera hecho, ¿merece que terceros descarguen contra él su frustración?

Nadie está libre de darle la mejor educación y todas las comodidades a su hijo y que aun así, él igual decida salir borracho y por accidente mate a alguien. Cualquier papá haría todo lo posible por salvarlo. Nadie está libre que una turba le atribuya la comisión de un delito y lo terminen pateando en el suelo.

El tipo al que atropelló Larraín, perfectamente podría haber robado algo en algún momento. El viejo al que le pegaron en el homenaje a Krasnoff, podría haber sido perfectamente el mismo al que le robaron el celular, y seguramente el imbécil que le pegó, quizás también estaría metido en la turba que patea al que le intentó robar. El mismo imbécil, por otro lado, no sería extraño que atropelle a alguien. Cualquiera de nosotros o de nuestros seres queridos podría llegar a ser uno de estos personajes.

La calificación que hace una persona en la calle de lo que es un delito, y la determinación de los culpables es sumamente equívoca e irresponsable. Las personas que agarran a patadas a “los delincuentes” en las calles no pueden ser validadas, es legitimar que las decisiones de a quién hay que castigar y por qué, queden en manos del calor de las masas que liberan toda su rabia y frustración contra el primero que estimen conveniente.

Todos hicimos un pacto aceptando los jueces y someternos a su juicio, pero nadie pactó ser ejecutado por una turba. Cada golpe que recibe el delincuente es tan ilegal como el acto que iba a cometer. Pero a todos pareciera importarles más evitar que caiga dinero de nuestros bolsillos que sangre de un cuerpo ajeno.

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