teóricos

La Definición del Yo a partir del Otro: desde la Exclusión de la polis griega hacia el devenir de la sociedad occidental actual.

por FELIPE QUINTEROS, Est. de Psicología, U. Adolfo Ibáñez.

El mito implica toda una metafísica y manera de ver el mundo. Presupone la existencia del mitema, que no puede entenderse sino en relación al filosofema, a su Otro que lo constituye y lo hace ser lo que es. Mythos y episteme, es la oposición que hace posible toda la metafísica y la filosofía desde Platón, y que no ha sido cuestionada sino recientemente, marcando así el fin de una época.

Si nos volvemos hacia los albores de la filosofía griega e inspeccionamos su devenir histórico, nos percataremos que la relación entre mito y fundamento es algo más que pura contingencia. El mito funda, y lo hace nada más que borrándose como tal, y en este borrarse funda la episteme como  verdad del ser, como presencia. El mito es en sí mismo la posibilidad del fundamento, la posibilidad de la verdad y de toda fundamentación.

La filosofía empieza con y en la polis. Sócrates hablando sobre cómo debe ser fundada una ciudad, cómo debe ser distribuida la propiedad y cómo debe efectuarse toda regulación y norma. Es en el Timeo de Platón donde Sócrates hace un discurso en donde hace una clara distinción entre los genos  (gentes). Sócrates distingue entre los que no tienen lugar y los que sí lo tienen. Esta primera distinción es llevada a cabo desde una jerarquía en la que hay gentes que tienen lugar y por lo tanto son plenos habitantes de la polis y aquellos que no tienen propiedad privada y que son llevados a ir de un lugar a otro, encontrando aquí a los esclavos, las mujeres, pero también los poetas, los actores, los imitadores en general, los que por imitan y actúan y por ende son de acuerdo con la mentira y no con la verdad. Todos ellos son excluidos de la polis como parias, al igual que los Pharmakoi, la clase de gente deficiente que era usada en sacrificios.

La filosofía y sociedad griegas están fundadas en una violencia ilegítima del poder de unos pocos. Sócrates invoca la historia de un sacerdote egipcio. Este sacerdote les hace ver a los griegos que éstos son como niños, pues no tienen escritura como los egipcios. Luego de esta aserción enigmática, el sacerdote dice no obstante conocer la historia de la ciudad de Atenas, la ciudad idea, que siempre fue y sigue siendo superior a Egipto. Es evidente que la historia de la misma Atenas viene dada por los Egipcios. No solo eso, el origen de la ciudad está contada por extranjeros.

El mito de la presencia de sí se constituye como identidad plena y pura. En el lenguaje de la metafísica, es llamado sujeto o yo. Este yo también es un “nosotros”, por su identidad comunitaria, convirtiéndose en un sujeto político.

Según los análisis de Jacques Derrida, toda identidad se constituye desde una exclusión, de la creación de un Otro al que se opone. No obstante, esta identidad es imposible como realidad positiva, pues siempre está amenazada por fronteras que nunca pueden ser absolutas y por no se nunca igual a sí misma, al haber una alteridad dentro de lo mismo que sería irreductible y constituyente. Así mismo, esta identidad por razón de la temporización es necesariamente sólo ilusoria y producto de una ficción, una mentira: pura imaginación.

En la historia judía, son muchos los ejemplos en que se hace evidente la impureza de todo devenir de pueblo hebreo, lo híbrido de su  existencia fáctica. De esta forma, no hay Abraham sin Teraj, no hay Moisés sin la princesa egipcia que lo rescata, no hay Itzjak sin Ishmael, y no hay Yakov sin Esav o Edom.

Según la metafísica de la presencia, o filosofía occidental, habría siempre en el origen una presencia que dio el primer paso, que comenzó la historia de la metafísica, presencia del primer hombre, y finalmente de un Ser supremo. No obstante, toda esta manera de pensar se basa en una concepción de tiempo como una línea y secuencia de presentes, es decir, entendiendo así también un pasado y un futuro. No obstante, la fugacidad de lo que llamamos presente, hace realmente sospechosa su existencia. Esta noción del tiempo como presente, se basa a su vez en la existencia de una presencia, de una consciencia, un ente “eminente” que es idéntico a sí mismo, un yo, un cogito.

Si recordamos a Descartes en sus Meditaciones, él se permite dudar de todo, menos de que es una cosa que piensa, un yo pienso: cogito ergo sum, pienso luego existo. Así mismo pasa con Husserl, el padre de la Fenomenología, pero es en este momento de la metafísica en donde se hace posible hacer una crítica que desestabilice y ponga en cuestión al yo, que se daba como una certeza indubitable y presente a sí misma.

Resulta que para Husserl, el tiempo es la consciencia, no hay tiempo sin una consciencia que lo conciba, sin un ente temporal que lo cuente a partir de su vivencia. En esta inclusión del tiempo en la conciencia, Husserl se da cuenta de que el flujo es continuo, es decir, que nunca para de fluir. Esto implica que hay en el presente una retención del pasado y una protensión al futuro. Por otro lado, Husserl hace un análisis del lenguaje, de cómo es posible que otorgue sentido, y llega a la conclusión de que hay una intención y una expresión, donde el pensamiento intencionado se expresa en palabras.

Es aquí donde Derrida interviene y muestra que el yo no es más que la ficción del hablarse a sí mismo, pero esto sería imposible puesto que al ser presencia inmediata de sí, no necesitaría uno comunicarse nada. No obstante, la palabra yo expresa algo, quiere decir algo, que finjo decirme a mí mismo, que no sería más que la presencia fantasmagórica de un Otro. Así, para que yo me pueda hablar a mí mismo, necesito del lenguaje referido a un otro y a un exterior.

“Mas la existencia en la que el yo se representa inmediatamente es ideal. El sentido de cualquier cosa que me diga, en el que yo ya me supongo representado, prescinde de mi existencia fáctica, del yo como objeto real. Asimismo, porque la estructura de la significación implica la ausencia del objeto, que en este caso es el mismo yo. La expresión ‘yo soy’ tendrá sentido en la medida en que yo, como objeto, esté ausente del discurso: [y] tenga o no la intuición actual de mí mismo, yo expresa; esté o no vivo, yo soy quiere decir. [Mi] muerte es estructuralmente necesaria al funcionamiento del yo. Que esté además ‘vivo’, y que tenga certeza de ello, esto viene por añadidura al querer-decir”” (Derrida 1995: 157-158). Para que el yo pueda funcionar como significando algo, yo no puedo existir, necesito no ser nada, ser sólo una idealidad. El yo es sólo una función del lenguaje y no puede existir fuera de él.

Volviendo a la temática del tiempo, podemos decir que si el presente es el yo como idéntico a sí mismo, y el yo no existe en su pureza e inmediatez, el presente no existe, o si lo hace es siempre una ilusión o ficción imaginativa. Así, no habría presencia simple sino solo un presente -pasado, marcado por el pasado que a su vez nunca fue plenamente presente sino también en relación con un pasado y un futuro. Así mismo, el presente se anuncia como protensión al futuro, pero nunca llega. El presente nunca es. Este sólo puede ser reconstituido, a partir de lo que ya no es.

Esto nos lleva a la conclusión de que no puede haber una verdad absoluta, pues el mismo concepto de verdad se basa en la presencia a sí de una conciencia que se habla a sí misma.

Tanto el Otro que no somos nosotros mismos en el tiempo, nuestra infancia y nuestro envejecer, nos marca y no nos permite ser idénticos a nosotros mismos en ningún momento. Así también, toda construcción de identidad está marcada por los Otros contra quienes nos articulamos en la Polis. La amistad y la sociedad es para con los otros que no son iguales a nosotros, e incluso para con el extranjero, que en primer lugar siempre somos ya nosotros mismos.

Esto nos abre una relación con el Otro ya no absoluta y basada en una verdad, ya no la de un  “yo” seguro de sí mismo, soberano, que divide el mundo en amigos y los enemigos.  La relación con el Otro que deberíamos realmente buscar en la sociedad actual debería abrirnos a una humildad de no saber quiénes somos, por lo menos no de manera absoluta, y que nos involucre también en un cuidado de la memoria histórica que es la única posibilidad de una comprensión y de un pensar de lo que hoy acontece.

Toda identidad del yo es necesaria y esencialmente frágil y necesitada desde los otros. Nos necesitamos unos a otros puesto que todos estamos asediados por la muerte, por el tiempo y su irrecuperable devenir. Somos esencialmente interdependientes. Debemos así resistir toda identidad fuerte y absoluta y entendernos como seres en constante articulación, en constante construcción de nosotros mismos y ya desde siempre en relación con la alteridad que dentro de lo mismo nos constituye.

Esto sin duda no es un llamado a abandonar para siempre la categoría de identidad ( la misma es necesaria para perseguir nuevas emancipaciones y mayor igualdad en la arena política) , sino un intento de rearticularla como un “work in progress” una articulación del lenguaje que nos habilita para poder hablar dentro de una comunidad lingüística que siempre ya nos precede e  impone , ( por lo cual nunca es completamente libre ni elegida)  y  que nunca llega a completarse sino hasta la muerte y desde donde podemos poner en cuestión las exclusiones ( necesarias y arbitrarias )  que la constituyen.

Es por último un llamado a la responsabilidad, a una ética basada en la demanda infinita de cuidado que el Otro nos impone. La muerte del Otro nos hiere. ¿Podemos negarlo simplemente?

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