Lo corpóreo y lo efímero de la risa en Henri Bergson.

por RENATO HUARTE CUELLAR, BA en Pedagogía y Filosofía, UNAM. Esp en políticas culturales y gestión cultural – UAM, INBA y OEI. MA en Filosofía de la Ciencia UNAM, y Est. PhD en Filosofía UNAM. Profesor de Filosofía judía en la Universidad Hebraica en México y UNAM.

A lo largo de la historia de la filosofía, el cuerpo ha sido algo que, tal vez de manera velada, ha estado presente, sobre todo cuando se ha opuesto a mente o alma. Desde perspectivas dela Antigüedadhasta nuestros días, estas discusiones se han dado en distintos tonos. Basta como ejemplo la discusión que tienen Descartes y Spinoza al hablar del lugar del alma en el cuerpo. El primero hablará de ese lugar como la glándula pituitaria, la silla donde habita el alma, y el segundo le rebatirá no haber entendido que alma y cuerpo, por definición no pueden estar separadas y, por ende, no hay un “lugar específico” del cuerpo en donde habite el alma.

Llenos de pudor o simplemente como algo controlable, el cuerpo y sus afecciones se han visto relegados. La risa, por un lado totalmente corporal, y a la vez no puede sino entenderse desde la mente, el espíritu o el alma. Lo más corporal, al grado de que a uno pueda dolerle el abdomen de tanto reír, es a la vez lo más efímero. Esto, desde un filósofo francés poco conocido: Henri Bergson.

La tradición filosófica parece temerle a la risa como función que descontrola el cuerpo.  Ya Platón dice en la República:

En efecto, mi querido Adimanto, si nuestros jóvenes escucharan seriamente tales cosas y no se echasen a reír por tratarse de palabras indignas, menos aún un hombre podría considerarlas indignas de sí mismo, y nadie le reprocharía si se le ocurriera decir o hacer algo de esa índole; tal hombre, por el contrario, ante los más pequeños infortunios, prorrumpiría en una multitud de quejas y lamentaciones, sin sentir vergüenza ni tener paciencia.

— Lo que dices es cierto.

— Pero no conviene que ocurra eso, tal como nuestro razonamiento acaba de mostrarnos, y a él debemos atenernos, por lo menos hasta que alguien nos convenza con otro mejor.

— De acuerdo.

— No obstante, no conviene que los guardianes sean gente pronta para reírse (philógelos), ya que, por lo común, cuando alguien se abandona a una risa violenta, esto provoca a su vez una reacción violenta.

— Me parece que sí.

— Por consiguiente, es inaceptable que se presente a hombres de valía dominados por la risa, y mucho menos si se trata de dioses.

— Por cierto.

— En tal caso, tampoco aceptaremos a Homero cosas como éstas acerca de los dioses:

e inextinguible allí se excitó la risa [ásbestos d’ar’enórto gélos] a los dioses felices,

cuando, por sus casas, vieron a Hefesto afanarse.                                (Ilíada I, 599-600)[1]

— De acuerdo con tu argumento, no se puede aceptar esto.

— Mío será si me lo quieres adjudicar – repuse –; de todos modos, en efecto, no se puede aceptar.

(III, 388d-389a)[2]

Se ve claramente que en esta república ideal creada por Platón, parece no permitirse la risa porque puede traer el descontrol, tanto del cuerpo, como del alma, siguiendo los principios platónicos. No sólo en Platón, pero tal vez por su influencia, también en otros filósofos el tema de la risa parece no ser algo tan fácil de manejar.

Henri Bergson, reconoce que no es el primero en abordar el tema de la risa. Inclusive el filósofo reconoce un listado de los trabajos que han abordado la risa durante tres décadas anteriores a que fuera escrito el compendio (1924).[3]  Sin embargo, Bergson realiza un abordaje particular desde su propuesta filosófica.

Comienza por decir que la risa es algo viviente. En este sentido, podrá producir en nosotros metamorfosis especiales. Es lo humano lo que produce risa. Es aquello más simple sobre lo cual no se ha meditado lo suficiente. Nos dice:

¿Cómo un hecho tan importante en su simplicidad no ha atraído más la atención de los filósofos? Muchas han definido al hombre como ‘animal que ríe’. Del mismo modo, habrían podido definirlo como ‘animal que hace reír’, pues si ningún otro animal o algún objeto inanimado lo consigue es por algún parecido con el hombre, por el sello que el hombre les imprime o por el uso que el hombre hace de ellos.[4]

Esto es lo que conduce a Bergson a atribuirle un significado especial como procuraremos mostrar a continuación. La risa está vinculada con lo cómico. Para esto es necesario que se vincule con la totalidad. No puede existir lo cómico de manera aislada, sino que se necesita del eco del otro para existir en su muy particular explosión. Hay una complicidad con los otros seres humanos que hacen patente que lo cómico exista.  La risa está vinculada con lo involuntario y eso es lo que está debajo de la posibilidad de lo cómico en los actos humanos. La risa va más allá de la lógica y de las estructuras que vemos dentro de la sociedad.

Para Bergson, la risa permite distender lo que las sociedades (y por tanto los seres humanos) tienen de mecánico. Esta rigidez corpórea y social se desborda, en clara alusión a un racionalismo que puede ser trazado desde lo que ya hemos citado de Platón. La risa surge del propio automatismo humano; esas acciones que dejan de ser naturales. “Toda rigidez del carácter, del espíritu y aún del cuerpo, le resultará sospechosa a la sociedad, porque sería la posible señal de una actividad que se adormece, y también de una actividad que se aísla, que tiende a apartarse del centro común alrededor del cual gravita la sociedad, siendo, en fin, señal de excentricidad.”[5]

Desde esta perspectiva, la risa agita y mueve el adormecimiento y regresa a la vitalidad al ser humano. Bergson sostiene que es también un castigo de formas sociales anquilosadas que han alejado la vitalidad de los cuerpos y las sociedades humanas. La risa no sólo se encuentra en el discurso, sino también en los gestos y movimientos, permitiendo una estética especial. Lo cómico se vincula con lo cómico permitiendo entender la unidad de la vida humana.

Así puede ser entendida la risa como un fenómeno que sobre todo forma parte del carácter humano. Así están elaboradas las comedias desde la Antigüedad. Esta risa, que es castigo de nuestro propio automatismo. Dice Bergson que se castiga cuando se ama, y de esta forma, al indicarnos nuestras fallas, nos invita a mejorarlas y a mejorarnos internamente.

Esa forma de castigo-liberación interna que nos propone el filósofo francés ha sido poco abordada por la filosofía, tal vez porque es inasible o tal vez porque cimbra el cuerpo, a nosotros y a las sociedades en las que vivimos. No podemos estar del todo conscientes de ella y a la vez realizar la teoría acostumbrada. Si no estamos en ella, entonces es difícil aproximarnos a todas sus características. Bergson lo resume con una metáfora de manera inigualable al hablar de la vitalidad de los movimientos sociales como corrientes de agua de mar:

Así también luchan sin tregua las olas en la superficie del mar, mientras las capas inferiores conservan una gran paz. Las olas chocan entre sí, se oponen, buscan su equilibrio. Una espuma blanca, ligera y alegre, sigue sus contornos cambiantes. A veces la onda que acaba deja un poco de esa espuma sobre la arena de la playa. El niño que está jugando cerca y acude a recoger un puñado de esa espuma, se admira un momento después, no viendo ya en el hueco de su mano más que unas gotas de agua, pero es un agua más salada y amarga aún que la de la ola que la depositó. La risa nace lo mismo que esa espuma. Muestra por fuera de la vida social las rebeliones superficiales. Dibuja instantáneamente la forma inestable de esas conmociones. Es también una espuma a base de sal. Burbujea como la espuma. Es alegría. El filósofo que la recoja para probarla hallará a veces cierta dosis de amargura en una cantidad tan pequeña de materia.[6]


[1] Cfr. esta parte con la traducción de R Bonifaz Nuño. Homero. Ilíada. México, UNAM, 2005. (Bibliotheca Scriptorvm Graecorvm et Romanorvm Mexicana)

[2] Aquí se siguió la traducción de C. Eggers Lan de Platón. Diálogos. Vol IV. República. Madrid, Gredos, 2008. (Biblioteca Clásica Gredos, 94)

[3] Bergson. La risa. Ensayo sobre la significación de lo cómico. Madrid, Alianza, 1973.

[4][4] Ibidem. p. 12-13.

[5] Ibidem. p. 23.

[6] Ibidem. p. 139.

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