El credo del río: la Contraideología. La moral y la ética contra la belleza, la inocencia y la sabiduría.

por ILAN LIBEDINSKY, Est. Psicología, U. del Pacífico.

Las ideologías son un sistema de creencias que representan la realidad o cómo debería ser ésta, otorgándole un sentido a la vida del sujeto. Es la expectativa con la que el  hombre se apoya, como si fuera ésta una baranda con la cual sube o baja una escalera. Sin embargo, ¿no son sólo los niños, enfermos o ancianos los que precisan de barandas? No hay nada más pernicioso para el alma, que afirmarse en una ideología, ya que se renuncia a la espontaneidad, a las fuerzas íntimas, a la fluidez del ser. Tenemos una certeza respecto a la vida, construimos a partir de ella una ética y moral, la bautizamos con el nombre de marxismo, sionismo, nazismo, capitalismo, o algún ismo que resuma todo este castillo, luego habitamos la construcción —vivimos en nuestro propio mundo— y al final, terminamos por olvidar la certeza que divisamos en un principio. El pensamiento sufre de agorafobia.

La proyección del sujeto respecto a qué es el mundo, involucra el deseo de cambiar activamente lo que nos rodea para poder amoldar la realidad a nuestra imagen, es decir, las ideologías invitan a la intervención social. Y al mismo tiempo, como un movimiento oculto, es el lamento de alguien que se encuentra inserto en un mundo imperfecto que debería ser de otra manera. Las ideologías implican una negación a la realidad, un antivitalismo que rechaza a la vida como se presenta tal cual es, un muro de los lamentos. Es el hombre corrigiendo el mal pulso de la mano de Dios.

Ideología, más que una palabra que designa a un sistema de ideas de manera estática, es un verbo, ideologizar, ya que estamos constantemente haciendo circular este sistema de ideas. Si no hacemos circular nuestras creencias, éstas acaban por convertirse en dogma, en un pantano muerto. Pero las ideologías son un sistema cerrado —un lago— que restringe la entrada a nuevos elementos extraños para sobrevivir. Entonces estamos ideologizando constantemente, construyendo nuestra verdad, afirmando la propia identidad en ella (el centro del círculo se haya afuera de la circunferencia, ¿será un signo propicio para la salud humana el autoalienamiento?), siempre acercándonos a la realidad revestidos de ideas y actuando según lo que este disfraz dicta. “La ideología es el fin del pensamiento” cantó Ezra Pound. Pensar es cuestionar, y los credos se encuentran inhabilitados para eso, ya que tarde o temprano se cuestionan las propias creencias, lo cual amenazaría la existencia de ésta misma. Podemos ver como las ideologías funcionan como un ente independiente, ajenas a nuestra conciencia, con sus propios intereses y necesidades, dándonos un sentido con el cual transitar nuestra vida (o nuestras vidas, dependiendo la doctrina), a cambio de que nosotros les prestemos atención, es decir, existencia. Sólo el humor puede desbaratar las ideologías; la risa es la mayor enemiga de las religiones.

La fenomenología busca dar respuestas frente a esta tendencia autocondicionante del hombre. El epoché, suspender juicios y creencias al aproximarse a las experiencias, y así aprehender el mundo tal como se presenta: la verdad se encuentra en los hechos mismos. De esta manera, sin proyectar nuestro mundo sobre el mundo, sin imponerle una lógica, ni ética o moral, se nos presenta inocente, bella y sabia. De aquí podemos extraer una consecuencia filosófica no menor: la belleza, la inocencia y la sabiduría son lo que son ya que se encuentran exentas de moral, más allá del bien y del mal, sin un sentido oculto, el más puro porque sí. Y nosotros, que vivimos en una constante moral dialéctica, yendo y viniendo del bien y del mal, nos vamos volviendo espantosos, culpables y analfabetos, y se hunde con nosotros también el mundo que inventamos.

Construimos un credo en el momento que dejamos de confiar en nosotros mismos y en la vida, típico signo de la rigidez adulta. “Dios ha muerto” afirmó Nietzsche, para que así el hombre se enfrentara al mundo en su total desnudez, sin imposiciones, libre como un niño, el único capaz de darse el lujo de ser perfecto y cruel. Y ya inserto dentro de este nuevo mundo, sin un por qué ni un cómo, se nos presenta todo como un absurdo, como un sinsentido, como la más pura gratuidad. De aquí nace la Belleza, a la cual sólo podemos contestar con gratitud, quizás la suprema inspiración, quizás la máxima síntesis de toda religión (“la rosa es sin por qué, florece porque florece” grita a lo lejos Angelus Silesius). La vida es para vivirla, nada más ni nada menos.

“No jurarás en nombre de Adonai, tu Dios, en vano, pues Dios no eximirá de culpa a aquél que jure en Su nombre en vano”, el tercer mandamiento. Y me pregunto ¿será posible realizar algún juramento en nombre de Dios, sin que sea en vano?, ¿es posible encerrar el infinito en una caja, sin concluir la inutilidad total de dicha acción? No hay que jurar nunca, ya que el hombre no cumplirá su palabra a lo largo del tiempo: absolutamente todo cambia, incluyendo el individuo que juró y sus propios deseos; las promesas son un estacionarse en el tiempo, lo cual es un total imposible. Las ideologías son este juramento, un pacto con nosotros mismos en nombre de la realidad, la cual ésta no tiene el menor interés en nosotros ni en nuestras palabras. Por eso hay que ideologizar en el presente, en el devenir, actualizándose, siendo fiel a la realidad: la ideología del relámpago, no del coágulo; el credo del río, no del muro.

Si no vivimos con la humildad para saber que nuestras creencias son un salvavidas existencial para no caernos en el abismo, estaremos viviendo no por nuestra propia cuenta, sino que alguien nos estaría viviendo, un otro con cuerpo de ideas preconcebidas y juicios nos usará: “yo soy otro”. No es menor que gracias a un sistema de creencias un sujeto elabore un sentido existencial. Personas dan su vida, y también quitan vidas, por algo superior a ellas. Sentirse destinado, tener una misión en la vida, es una gran bendición, pero también en ocasiones es un castigo para el resto: asesinar en nombre de alguien, y creer que no se mancha de sangre dicho nombre, es el gran peligro que amenaza a la humanidad con su autodestrucción. La verdad es una más entre muchas. Habría que cambiar de palabra, y cada vez que digamos “verdad”, decir “útil mentira”. Toda ideología es una falsa promesa, ya que en lo profundo, nos promete que nosotros seremos siempre los mismos: las doctrinas (y el hombre) temen y combaten a la muerte usando máscaras de inmortales —mientras que Heráclito ríe a carcajadas bañándose en su efímero río.

Filósofos, místicos y poetas han apuntado hacia la misma dirección: hacia la realidad. Afirman lo mismo: escapa de la dualidad, o más bien, reconoce lo ilusoria que es ésta. Ve a la fuente. Dice el otro de Fernando Pessoa, Alberto Caeiro: “Las cosas no tienen significación: tienen existencia. Las cosas son el único sentido oculto de las cosas”. Las ideologías inventan problemas para poder imaginar su solución. Quizás, teológicamente hablando, es el profundo deseo del hombre que busca comprender la mente de Dios, partiendo por la acepción de que la divinidad se encuentra vedada y escondida en algún rincón oscuro y hay que develarlo, ¿por qué no lo único que desea Dios es mostrarse, y en realidad se encuentra totalmente revelado en las cosas como son? Quizás porque prescindiríamos de cualquier ideología y religión, quizás porque nuestros propios ojos serían más que suficientes. Quizás sea así.

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