Gut Yor!: Brandt y Derrida, la culpa alemana y la imposibilidad del perdón.

por JORGE ZEBALLOS STEPANKOWSKY. Periodista, U. de Santiago. Pahil Hashomer Hatzair Chile.

He estado estudiando el tema del perdón durante casi un cuarto de siglo. Entretanto he cometido y sigo realizando malas decisiones. No siempre es así. Más por selección natural que otra cosa, los errores deben ser menos que los aciertos, sino ya estaría muerto.

Pero al desmigajar mis ideas sobre el perdón, de inmediato comparecen en la conciencia el incómodo recuerdo de la falta cometida, el encargo no cumplido o la tarea abandonada por indolencia, por eso antes de acumular más peso para tashlij, declaro cual viduy digital que cuando se trata de entender el perdón, soy ignorante, o como decía Edison, no sé ni un cienmillonésimo de nada.[1] Simplemente no alcanzo a comprender en su totalidad este concepto misterioso. Pero estos ‘Días terribles’ me dan la oportunidad de reflexionar en ello, y cada vez que pienso que finalmente lo he llegado a dominar,  parece alejarse de mí.

Alguna vez buscando evidencias sobre el perdón recurrí a Jacques Derrida, deconstruyendo los conceptos hasta desplazar su sentido a límites impensados. En su conferencia “Confesar – Lo imposible ‘Retornos’ arrepentimientos y reconciliación”, el filósofo explica que frente a las aporías y dilemas (éticos, políticos y religiosos) que plantea hoy la cuestión del “¿cómo vivir juntos?”, sobre el perdón el argelino enseña:

Pues confesar lo que parece fácil confesar, confesar lo confesable, reconozcámoslo, una cosa así no sería confesar. Confesemos. La confesión, si la hay, debe confesar lo inconfesable, y en consecuencia, declararlo. La confesión tendría que declarar, si fuese posible, lo inconfesable, es decir, lo injusto, lo injustificable, lo imperdonable, hasta la imposibilidad de confesar. Del mismo modo, perdonar sólo lo que es perdonable, venial, algo así no sería perdonar. La confesión si la hay, tiene que confesar lo inconfesable, y el perdón, si lo hay, tiene que perdonar lo imperdonable, y en consecuencia hacer lo imposible. Si tal confesar es la condición del “vivir juntos”, lo que esto requeriría es hacer algo imposible.[2]

Un irrealizable indica Derrida, pero en ocasiones el hombre puede darnos alguna sorpresa, como fue sorprendido el patriarca Jacob cuándo viajó al encuentro de su hermano Esaú con desconfianza y remordimiento por haberle embaucado años antes. Jacob envía regalos, tiembla, cae de rodillas siete veces. Esaú lo abraza buscando la reconciliación, ambos se abrazan y lloran. ¿Puede entonces una disculpa pública contribuir a la paz, al “vivir juntos”? A diferencia de Derrida, creo que puede ser respondida afirmativamente.

Hace algunos años, conocí una fotografía que me impactó. Sin bajada no entendía bien el detalle de lo ocurrido, pero la imagen era elocuente, trasladaba la disculpa, ese instrumento de comunicación interpersonal al campo de la política internacional. Con el tiempo, la fotografía conocida como Kniefall von Warschau se fijó en mi mente como acto inequívoco del perdón verdadero.

El 7 de diciembre de 1970, en plena Guerra Fría, el canciller socialdemócrata de Alemania Federal viajó a la Polonia comunista. Era una visita de estado, compleja, difícil, pero basada en la necesidad de mejorar las relaciones de Bonn con Varsovia y Moscú, se llamó Die Neue Ostpolitik. En un entorno de frío eslavo, Brandt asistió a la conmemoración de las víctimas judías del levantamiento del Ghetto de Varsovia. Lleno de emoción, y sin planificación previa, llevado seguramente por la profundidad de sus sentimientos y la trascendencia del momento, y ante la impavidez de los encargados de protocolo de ambos lados, Brandt cayó de rodillas ante el monumento conmemorativo: un lapso breve, silente, quieto. Un profundo acto de disculpas y arrepentimiento, personal y estatal a la vez.

En su calidad de Canciller, la genuflexión de Varsovia,  Kniefall von Warschau, fue realizada en nombre de los alemanes del pasado, de ese presente y del futuro. En nombre de la Alemania multiétnica de hoy. El silencioso acto fue si duda más fuerte que cualquier discurso que Brandt podría haber pronunciado. Tanto que en el contexto de distensión que pretendía el viaje, muchos en Polonia y Alemania, lo vieron como un gesto significativo y sincero hacia la paz y la reconciliación.

No todos estuvieron de acuerdo, en especial en Alemania dónde algunos pusieron en duda el patriotismo de Brandt, y el acto espontáneo de Varsovia les causó urticaria. Der Spiegel, la revista popular, planteó la cuestión; Deutsche Schuld und katholischer Brauch, polnische Grenze und jüdisches Leid “La culpa alemana y la tradición católica, la frontera con Polonia y el sufrimiento de los judíos: Cada uno de estos temas polariza las opiniones de los alemanes (…) inconmensurables son las emociones que trae cada uno de estos temas y luego  [el gesto de Brandt] multiplica”.[3]

30 años después, en la inauguración de la plaza Willy Brandt en Varsovia, en diciembre de 2000, otro canciller socialdemócrata alemán, Gerhard Schröder recordó así la Kniefall de su predecesor:

“Esta imagen de Williy Brandt arrodillado se ha convertido en un símbolo. Un símbolo de aceptar el pasado y de entender como una obligación para la reconciliación. Como una obligación para el futuro común. Al igual que muchos alemanes y polacos, nunca olvidaré esta imagen. Ha llegado a ser un recordatorio y un credo político para generaciones enteras”[4]

Si lo pienso en clave judía, lo que hizo Brandt está en la categoría del segundo nivel del perdón, slijá. Como explica la tradición, existen tres niveles de perdón:  Mejilá (dejar ir) es el nivel más superficial. Se trata de dejar pasar, condonar una deuda emocional que la otra persona nos debe. El segundo tipo de perdón es slijá.( סליחה, perdón que reconcilia). Se trata de un acto del corazón; de lograr una empatía con el problema del otro. Curioso es que a este tipo de perdón es la demanda o kvetch que a se refieren palestinos y judíos  con el otro. El tercer tipo de perdón Kappará (expiación) Esto es, una total limpieza de todo pecado, esta kappará es la que se refiere Jacques Derrida respecto a lo imperdonable.

Luego de pasar a Derrida y su perdón imposible por el tamiz de la cantera de la vida con el ejemplo de Brandt, me queda el juicio que sí, es importante una disculpa, más aún, se trata de una tarea crucial para la reconciliación, sin perjuicio que ese acto de pedir disculpas, cuando se trata de un perdón vacío, se queda corto, hasta el punto de ser ofensivo a las víctimas de la falta. Más allá de la cacareada cuestión sobre la Deutsche Schuld, se trata de la petición de perdón sincero de un alemán ante el documento-monumento (como enseñó Jacques Le Goff) de sus víctimas, gesto que el propio Brandt explicó después: “Bajo la carga de millones de víctimas asesinadas, hice lo que los seres humanos hacen cuando les faltan las palabras”.[5] Frente a esa סליחה (slijá),  está el perdón utilitario, más cercano a la exquisita ironía de Oscar Wilde cuándo anota “Perdona siempre a tu enemigo. No hay nada que le enfurezca más”.


[1] Citado en “The Limits of Knowledge and the Hope for Progress” de Francisco J. Ayala in God, Science, and Humility : Ten Scientists Consider Humility Theology (2000) by Robert L. Herrmann, p.

[2] Jacques Derrida Safar. “Confesar lo imposible: retornos, arrepentimiento y reconciliación” Artículo de Revista Parte de            Isegoría: Revista de Filosofía Moral y Política (Madrid). No. 23, Dic. 2000 p. 17-43.

[3] Spiegel “Kniefall angemessen oder übertrieben?”. Der Spiegel. N° 50, Año 1970 (14.12.1970). En: http://www.spiegel.de/spiegel/print/d-43822427.html

[4] Discurso dado por el Canciller Chancellor Gerhard Schroder en la inauguración de la Plaza Willy Brandt en Varsovia, 6 de diciembre, 2000 (fuente: http://www.bundesregierung.de/en/Latest-News/Speeches-,10155.25738/rede/Speech-given-by-Chancellor-Ger.htm)

[5] La cita es: “Unter der Last der jüngsten Geschichte tat ich, was Menschen tun, wenn die Worte versagen. So gedachte ich Millionen Ermordeter”.

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