Todo viene del polvo y todo retorna al polvo: Lecciones del Rey Salomón para nuestra vacía Vanidad.

por DAN PONIACHIK, Est. Economía, U. de Chile.

¿No será que sencillamente obviamos el tema de la muerte durante toda nuestra vida, hasta que ya es muy tarde? Rehusamos mirarla de frente, temerosos, y en cambio, nos llenamos de conceptos para la vida. ¡Deseo una vida feliz! gritan algunos, mientras otros insisten en aprovechar cada día como si fuera el último. En cambio, la mayor parte de la gente, sueña con llegar sano de viejo y disfrutar por fin del descanso que jamás tuvo. Tal vez una apacible casa con vista al mar mientras los nietos juegan seguro completan esta fantasía.

No podemos hablar de la muerte sin antes referirnos a la vida. Es finalmente el destino de todo ser humano, animal o vegetal en este planeta, la única certeza de nuestra existencia. Y aún así, pocos la hemos enfrentado, mirado de igual a igual, solo los que ya no están con nosotros. Pocos hemos pensado qué significa y de qué manera esto debe condicionar nuestro actuar diario. De qué manera implica que somos todos iguales y hasta qué punto todo nuestro esfuerzo es siempre insignificante.

No obstante, hubo una persona que la miró de frente y dejó para la posteridad uno de los textos más profundos y a la vez más simples jamás escritos. Y aquel gran sabio, es precisamente, el famoso Rey Salomón.

En un texto atribuido a él, llamado “Eclesiastes” y parte del TANAJ, Salomón hace gala de frases tan extraordinarias como la célebre: “Todos van hacia el mismo lugar: todo viene del polvo y todo retorna al polvo.” (3:20).

El texto durante largos parajes habla del sin sentido de la vida y la omnipotencia de la muerte frente a todas nuestras acciones. Ante esto señala que todo lo que hace el hombre es por vanidad, por simple arrogancia. Y frente a tan desconsoladora situación, propone una simple receta: disfrutar de la vida, de lo simple y de las alegrías que nos concede.

Y no puedo si no darme la libertad de citar algunos párrafos de este corto pero intenso libro; “Y me dije a mí mismo: si la suerte del necio será también la mía, ¿para qué, entonces, me hice más sabio? Y pensé que también esto es vanidad. Porque no perdurará el recuerdo ni del sabio ni del necio: con el paso de los días, todo cae en el olvido. Así es: ¡el sabio muere igual que el necio! Y llegué a detestar la vida, porque me da fastidio todo lo que se hace bajo el sol. Sí, todo es vanidad y correr tras el viento.” (2:15-2:17)

Porque los hombres y los animales tienen todos la misma suerte: como mueren unos, mueren también los otros. Todos tienen el mismo aliento vital y el hombre no es superior a las bestias, porque todo es vanidad. Todos van hacia el mismo lugar: todo viene del polvo y todo retorna al polvo. ¿Quién sabe si el aliento del hombre sube hacia lo alto, y si el aliento del animal baja a lo profundo de la tierra? Por eso, yo vi que lo único bueno para el hombre es alegrarse de sus obras, ya que ésta es su parte: ¿Quién, en efecto, lo llevará a ver lo que habrá después de él?” (3:19-3:22)

Tal vez algún día podamos mirar de frente a la muerte, tal como lo hizo Salomón, y hacernos las preguntas esenciales. Pero, hasta que ese triste día llegue, no queda más que seguir leyendo las enseñanzas de Salomón… “Por eso, elogié la alegría, ya que lo único bueno para el hombre bajo el sol es comer, beber y sentirse contento: esto es lo que le sirve de compañía en sus esfuerzos mientras duran los días de su vida, que Dios le concede bajo el sol” (8:15).

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