Indignados en España: desafiando el neoliberalismo y un desempleo histórico para sanar la dignidad y una participación democrática ciudadana.

por PABLO BORNSTEIN,  Lic. en Historia Contemporanea por la U. Autónoma de Madrid, España. Est. MA en Estudios de Oriente Medio en la U. de Tel Aviv, Israel.

Escribo este ensayo exactamente tres semanas después de las elecciones parlamentarias españolas, que concedieron una abrumadora mayoría (la mayor de su historia) al Partido Popular, como castigo principalmente al pobre liderazgo realizado por el Partido Socialista Obrero Español durante la mayor crisis económica registrada en el país desde la instauración de nuestra joven democracia. Aún se está produciendo el gradual traspaso de poderes que dará lugar al gobierno que dirigirá Mariano Rajoy. Ciertamente será difícil (especialmente en el terreno económico) que el gobierno entrante empeore la situación de un país que se desangra por un creciente desempleo que registra récords históricos, superando los 5 millones en las últimas semanas, unido a una desconfianza general de los inversores que causa que el país cada vez tenga que pagar más y más por endeudarse. Sin embargo, el marcado carácter neoliberal de los populares amenaza con destrozar un sistema asistencial de bienestar en medio de una penosa pérdida de confianza general dentro de las instituciones europeas, que a la hora de la verdad parecen mecerse mansamente en los férreos brazos de la matrona alemana Merkel, que sin contemplaciones se jacta del protagonismo alemán dentro de la Unión e intenta imponer, vía mensajes internos a las demás jefaturas de gobierno, una germana disciplina de austeridad, que es poco más que el esfuerzo por garantizar el interés de los inversores internacionales (alguno que otro connacional suyo).

Este tenebroso panorama en España, pese a inscribirse dentro de un marco general europeo y mundial de inestabilidad financiera, es en gran medida el resultado de un negligente gobierno socialista que durante varios años ha titubeado en contradictorias direcciones sin saber muy bien a que árbol arrimarse. Sin embargo este gobierno en ningún momento abandonó su tradicional retórica como defensor de los más desprotegidos y de la observancia de la legalidad de las inversiones y ataque a la corrupción, mientras que disimuladamente su acción parlamentaria no era otra sino legalizar las inversiones en España desde paraísos fiscales, medidas de austeridad que cercenaban el gasto público y, como último acto, la aprobación este verano, mediante vía extraordinaria y en consenso con el Partido Popular, de una reforma constitucional que elevaba a prioridad nacional la garantía del pago a los inversores de la deuda nacional, y limitaba el futuro endeudamiento de gobiernos venideros, en lo que suponía la capitulación absoluta ante un ultra-neoliberalismo sin ni siquiera abrir un debate nacional.

Tras la desastrosa derrota electoral de su partido el pasado 20 de Noviembre, el presidente saliente José Luis Rodríguez Zapatero explicaba (por supuesto sin ninguna convicción) que el fracaso era básicamente el resultado de la situación internacional y lo justificaba como un sacrificio que había realizado (sobre su popularidad) al ejecutar las medidas de austeridad que el país necesitaba. Que algunos políticos no tienen vergüenza es algo que ya sabemos, sin embargo analicemos el papel que la sociedad puede tener para disipar la vergüenza nacional.

En un clima de apatía y atonía generalizada, la sociedad española parecía dejarse llevar por la marea de la crisis económica sin aparentes esfuerzos de reacción ante el diluvio (o de lo que en España se conoce como “vergüenza torera”). Sin embargo, impredeciblemente el 15 de Mayo muchos españoles salían a las calles bajo un movimiento que iba tomando forma y que se haría famoso como el movimiento de los “indignados” (un término muy en sintonía con el acontecer internacional). Este movimiento pretendía galvanizar a todos aquellos que sentían una frustración ante la falta de vergüenza que se iba extendiendo por nuestro país, y consiguió alcanzar una gran repercusión mediática a nivel internacional e influencia sobre otros movimientos de escala global, como las protestas del Bulevar Rothschild de Tel Aviv o el movimiento “ocupar Wall Street” en los Estados Unidos, donde varios de sus más activos líderes han reconocido el valor que la protesta española tuvo como ejemplo para sus propias protestas.

Al día de hoy, aunque discretamente – y desde luego sin que sus pretensiones más maximalistas, como el poner fin al incontestable bipartidismo del sistema político español o la modificación de la regulación financiera, hayan visto la luz–, el movimiento de los indignados sigue trabajando en muchos barrios españoles tratando de defender a los más desamparados y de aumentar la participación democrática ciudadana. Aunque sea tan sólo por su ejemplo como fuente de inspiración, me parece importante destacar que si, como ciudadanos, sentimos ese pudor ante la falta de honestidad de la vida política de nuestras sociedades, debemos tratar de participar en el proyecto de redención y restablecimiento de la dignidad que el judaísmo imprime en la obligación de visitar al enfermo (en este caso la salud democrática de nuestras sociedades). La pregunta es: ¿Cuánta vergüenza podemos soportar?

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