La muerte de Mustafa Tamimi: vergüenza, culpa y responsabilidad hacia un conflicto que no parece terminar.

por NATHAN HERSH, BA en Estudios Americanos, U. de Massachusetts, Boston. Est. MA en Resolución de Conflictos y Mediación, U. de Tel Aviv, Israel.

Vergüenza como el resentimiento que surge de las acciones personales. Si me dejo llevar por la ira irracional que siento hacia una persona, si dejo que mis acciones sean definidas por esta misma ira, si miento o si bien actúo de manera reprensible, es porque en realidad estoy respondiendo a lo que percibo como una amenaza.  Al reaccionar de esta manera ante el miedo, en el interior de mi ser me siento avergonzado. Sin embargo, la vergüenza puede resultar contraproducente ya que desvía la atención que le corresponde a la víctima de una injusticia o el maltrato y convierte al responsable de los males en víctima.

El resultado de la vergüenza es la auto-compasión, y ésta no es más que otra manifestación del egocentrismo. Por lo tanto, la vergüenza no juega ningún papel en la habilidad del ser humano de aprender de sus errores, ni siquiera logra reparar el daño ya hecho. Si he dejado que la ira se apodere de mis acciones o si he mentido en el pasado, ha sido porque llegué a la conclusión en esos momentos que era necesario, y la vergüenza que sentí no fue más que otra manera de experimentar mis acciones, cosa que no contribuye de forma alguna en enmendar el mal que ocasioné.

La vergüenza se asimila a la humillación. A pesar de la semejanza fonética, la palabra humillación y la palabra humildad son muy diferentes. La humildad como la capacidad de remover el ser de una experiencia, es reconocer que el mundo no gira alrededor de . Claro que existe el argumento que una vez que uno se auto denomina como una persona humilde, inmediatamente pierde dicha humildad.

También hay una gran diferencia entre la vergüenza y la simpatía, ya que esta última toma en consideración la víctima mientras que la vergüenza está dirigida hacía uno mismo.

Todos los viernes, en el pueblo palestino de Nabi Saleh, al norte de Ramallah, la gente se une para protestar la ocupación, gritan y arrojan piedras. Cada viernes es lo mismo, cada viernes la Fuerza de Defensa Israelí intercepta la demostración antes de que los manifestantes lleguen a un asentamiento vecino. El viernes, 9 de diciembre del 2011, Mustafa Tamimi, un joven palestino de 28 años de edad que estuvo apedreando un vehículo de las fuerzas armadas, recibió un impacto en la cara cuando un soldado disparó una granada de gas lacrimógeno. Tamimi murió este sábado a causa de la herida.

Yo nunca le he disparado a alguien, pero sí he lanzado granadas de gas lacrimógeno, precisamente en Nabi Saleh cuando cumplía con mi servicio militar israelí. Era una especie de juego semanal, todos los viernes, los palestinos de Nabi Saleh y otros pueblos vecinos marchaban hacia el asentamiento, y cada viernes la FDI respondía en cuanto los manifestantes comenzaban a lanzar piedras. Nosotros les gritábamos desde nuestras posiciones, cada lado gritaba obscenidades, intercambiábamos no solo insultos sino que también rocas por granadas de humo y ruido. Así discutíamos en Nabi Saleh. La muerte no era parte de este intercambio de odio y resentimiento. Usualmente, todo acababa en el crepúsculo, una vez que el polvo se asentaba y las nubes de gas lacrimógeno se mezclaban con la neblina.

Tras concluir mi servicio militar, después de obtener mi licenciatura y un poco de experiencia en el mundo real, me impuse un código de conducta personal que me ha protegido de los errores que muchos cometen cuando dejan atrás la vida militar. Jamás rompí el código moral, ni siquiera ante la amenaza de ser herido o en otras situaciones de alta tensión.

Pero el ejercito es una “institución absoluta”, es cómo el cáncer o una prisión, el soldado pierde su identidad, se convierte en un número, y cientos de factores externos reemplazan su identidad. Un soldado hace lo que beneficie a su unidad, y la unidad trabaja por el bien del ejercito. El individuo sacrifica su ser por el bien de los demás, o por la estabilidad de una nación. Si una persona comete un error al reaccionar al miedo que sin duda todos sienten en algún momento, el ejército y el estado pueden sufrir las consecuencias. Perder la individualidad, la identidad de uno, es cómo si tuviéramos y perdiéramos todo simultáneamente; es no ser responsable por tus acciones y ser responsable por las acciones de todo el cuerpo armado a la vez, es cometer ningún error y al mismo tiempo ser culpable de todos los errores cometidos por una unidad.

Desde que dejé atrás la vida militar hace cuatro meses, me he embarcado en la difícil tarea de reconstruir mi identidad sin tratar de borrar mi experiencia como soldado, ya que esta es, inevitablemente, parte de mi historia personal. Esta semana no puedo ignorar el sentimiento de responsabilidad que siento ante la muerte de Tamimi, el cual me provoca náuseas. Este conflicto repugnante se ha convertido en algo personal. La vergüenza que siento significa que hasta cierto punto estoy manipulado por la tristeza que siento por la muerte de este hombre y por tanto, el diálogo interior se ha vuelto enfermizo y obsesivo.

A pesar de todo lo que he hecho para protegerme de esta vergüenza, siento que mis manos están manchadas de sangre, pero al final sé que esto no solamente es una manera incorrecta de procesar lo ocurrido, sino que es un ejemplo de mi tendencia natural hacia el egocentrismo, que la muerte de un hombre que jamás conocí se ha convertido en una excusa para sentir culpa, que este conflicto lo puedo vivir solo.

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Traducido por Ana Sofía Carbonell.

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