La Vergüenza como el Límite de ir más allá del comportamiento impuesto en mi molde social.

por TANIA DVORQUEZ, Est. Derecho, U. Adolfo Ibañez.

De cierto modo, tener vergüenza es síntoma de vivir para el otro, en el sentido de que es lo que no quieres que vean de ti. Sin embargo, luego de pensar mucho en situaciones particulares en las que suelo sentir vergüenza, pude finalmente encontrar el patrón significativo, y no es sólo el hecho de el “qué pensarán” sino el “quién seré luego de”, y viendo esto en un modo negativo, se deja de hacer cosas para que no se tenga una perspectiva errada de lo que soy realmente.

Esto conlleva a una paradoja sobre la identidad propia, en el sentido de que si estuviese tan seguro de mi identidad, no tendría que asegurarla por reprimir situaciones que, al no sentirme sometido a un acoso moral y de prejuicios, si realizaría. Al fin y al cabo no estoy siendo yo misma en esa situación, es decir, se actúa diferente para que no se crea algo distinto, siendo que lo  real en teoría sería no reprimirla.

Es así como se podría deducir que la vergüenza actúa en un ámbito plenamente social , en el sentido que se padece al tener alguna relación con otra persona. Uno realmente se avergüenza de uno mismo en relación al otro. Y en este mismo ámbito social de la vergüenza, es que se desarrolla un poco el concepto de materializar de cierto modo al humano en el sentido de tratar de encaminar todas las acciones y reacciones posibles, en torno a un molde que se debe respetar, y este molde es puramente el espejo que nosotros reflejamos en la sociedad, tanto nuestra percepción de ella como las expectativas hacia la percepción de nuestro propio comportamiento hacia ella. En este sentido, el comportamiento del hombre se finita en opciones según una preconcepción de éste acorde a un molde social.

Ligado a ésto me pregunto, ¿hasta qué punto somos dueños de lo que hacemos y de lo que queremos hacer?  Claramente no refiriéndome al tema del destino y magia negra, pero sí relacionado con el tema de que, si vivimos en un mundo donde se funciona por moldes, por la necesidad de encasillar todo en algún espacio vació, organizado y meticulosamente calculado, ¿hasta dónde podemos cambiar esta concepción hecha sobre nosotros mismos y sobre los demás? Si estamos pre condicionados en cuanto a actuar y decir en encajar en el molde que se nos creó y se nos expuso,  ¿hasta qué punto puedo guiar mi libertad al cambio?

Es aquí donde en la práctica, la vergüenza entra en juego y expresa sus síntomas, a la hora de salir de los límites preestablecidos, cuando se actúa no en torno a lo que queremos sino a lo que se debería querer, o a lo que se espera que se quiera. Se está actuando según el molde, y cuando se sale de éste se siente vergüenza, y a su vez cuando vemos que alguien se sale del molde que sabemos que tiene, o del molde social que se le impuso, sentimos vergüenza ajena.

La vergüenza, en efecto, nos limita muchas veces en lo que queremos, y sobre todo en lo que somos. Nos hace inevitablemente aceptar nuestra realidad como única y absoluta y es, en parte, el  no querer romper esta estructura que nos impone el resto. La sociedad finalmente nos impide optar por el cambio y la libertad.

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