¿No le da vergüenza? Envidia y egoísmo como motores en nuestras relaciones sociales.

por DANIELA BITRAN, Est. Psicología, PU. Católica de Chile.

Existen dos tipos de vergüenza.

La primera es la inocente, la más simple porque no trae intenciones extras. Es la vergüenza que te da cuando te bajan los pantalones en público, cuando hacemos o decimos algo que no corresponde, cuando saludas a alguien que resulta ser otra persona. Es una vergüenza que viene con un leve sentimiento incómodo en nuestro estómago, con un ligero aceleramiento del ritmo cardíaco y posiblemente con una sensación de surrealismo, donde uno no quiere realmente aceptar lo que está pasando. En el Caribe y otros países de Centro América, se le llama “pena”… hace sentido, porque finalmente eso es lo que uno siente: tristeza, desagrado y arrepentimiento.

Pero hay otro tipo de vergüenza. Una que es como si fuera sin los dos puntitos sobre la U, que mal que mal, le otorgan un poco de ingenuidad a la vergüenza, hacen que la palabra en su mitad, tenga una carita feliz, algo que nos dice: “fue sin querer, soy inocente”. Esta es una vergüenza mucho más fuerte, con más acento y tildes más marcados. Va siempre acompañada, ya sea de una pregunta, de un prefijo, o de un oso: “¿No te da vergüenza?”, “sin vergüenza” o “vergonzoso”.

Estas dos vergüenzas son muy distintas. Si me preguntan “¿No te da vergüenza?”, está claro que no vendría al caso una respuesta a esta pregunta cuando es sobre cosas banales y ligeramente incómodas como que nos suene el celular en clases o algo así. Pero entonces…. ¿Qué es lo que realmente se está preguntando? No se busca respuesta, es una pregunta retórica por excelencia y como tal, busca lo que todas: llamar la atención.

La vergüenza según la RAE, es un sentimiento de deshonra. Por lo tanto, la pregunta surge a partir de una impresión externa de que alguien, por algo que dijo, hizo, etc., perdió su honra. Como si los síntomas o efectos que traen consigo la vergüenza, a él no le hayan hecho efecto, fuera inmune. Es como si al dejar de experimentar el primer tipo de vergüenza, se pase al segundo. Pero no es uno el que siente la segunda vergüenza, son los otros que sienten que nosotros debiésemos de sentir la primera y como no lo hacemos, experimentan la segunda hacia nosotros.

Preguntémonos ahora: ¿Hay alguien a quién le guste sentir vergüenza? Claramente, asumo la condición “sana” de cada uno de ustedes, y concluyo que no, que a nadie le gusta. Es más, me atrevo a decir que es una de las sensaciones más desagradables. Por lo tanto, ¿No vendría siendo aquel que no experimenta vergüenza, un completo afortunado? ¿No desearíamos todos dejar de experimentarla? Pero acá surgen las características más tristes del ser humano, animal egoísta que desea que todos sufran lo que uno, si no más. Que quiere que el rico tenga menos plata, que el muy feliz tenga pena y sufra, y que la más linda engorde. Porque al final, ese es el consuelo humano: que todos estamos sufriendo, y aquél que sale de esa norma, nos despierta rabia y envidia.

Entonces, cuando usted me pregunta si no me da vergüenza, yo le pregunto: ¿No le da vergüenza a usted?

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