Surf, un largo camino de sacrificio a la felicidad.

por SIMON BLUM, Est. Ingeniería Comercial, PU. Católica. Director de Finanzas, Federación de Estudiantes Judíos.

 

Cuando pensaba en surf, me imaginaba parado sobre una onda fluyendo con su energía, la sensación de paz y armonía con el océano, y por supuesto, una inyección de adrenalina directo a mis venas, la que subía mi ritmo cardiaco llevándolo hasta la misma sensación del éxtasis. Posteriormente descubrí que mi imaginación era bastante cercana a la realidad, tal vez más suave, pero bastante cercana. Pero lo que viví para sentirlo, es lo que nadie se imagina cuando piensa en surf.

Los comienzos en el surf no son nada como lo que podemos ver en ESPN, más bien son como meterte al octágono contra el campeón de peso pesado de la UFC. El mar es un oponente más que digno, es de temer, cuando estás aprendiendo apenas te mantienes en la tabla, te golpea ola tras ola dejando claro desde ya, que para surfear sus olas necesitaras más que equipo y las ganas, tendrás que luchar con constancia una y otra vez para ser digno del privilegio.

Luego de unos cuantos días de revolcones y porrazos, de acostumbrarse al frio y las rocas rodeándote, supongo que tendrás lo necesario para llegar al point (lugar donde se espera la ola), ahí vendrá el momento de aprender a sentarte sobre la tabla. Sé que se ve fácil, pero una vez ahí te das cuenta que todo es más fluido de lo que creías, y seguro te darás vuelta un par de veces. Dominar la sentada es un gran paso, cuando lo logré por fin sentado ahí en el océano comencé a comprender ese equilibrio natural que te entrega este divino deporte.

Una vez que ya puedes entrar y sentarte, comienzas a intentar remar las olas, ahí te das cuenta que tus brazos son mucho más débiles de lo que tu creías y que cada remada cansa más que la anterior. Pero al igual que todo lo anterior, es solo falta de kilometraje, después de unas cuantas sesiones te sentirás mucho más rápido y resistente.

Ahora viene el momento realmente importante, ves una ola viniendo hacia ti y sabes que estás en el punto perfecto, es de un porte con el que te sientes cómodo y comienzas a remar, por supuesto sin saber que la ola crecerá justo cuando pase bajo tuyo. En el limbo entre ese precipicio y echarte para atrás y dejar que pase la ola, se gesta la parte más difícil de aprender este deporte. Tomar la decisión de dar ese salto de fe e ir hacia adelante al precipicio puede tomar una sesión de un año y es ahí donde se marca la diferencia. Demoré unos meses en dar ese salto de fe, y durante mis intentos me revolqué mucho más que todas las veces en el principio, pero cuando lo logré, el placer superó definitivamente los costos.

Correr la primera ola es una sensación indescriptible, pero lo intentaré: todo parte con mucha velocidad y una sensación de éxtasis por la adrenalina nunca antes sentida, luego fluyes con solo agua alrededor, en un efímero momento de plena felicidad. Te concentras tanto que olvidas todo a tu alrededor, tu vida y problemas no importan, porque en ese momento tu mente solo está en esto. Es tal el enfoque que mientras corres pareciera que el tiempo pasa más lento, a tal punto que puedes ver perfectamente las gotas de agua desprendiéndose de la ola y viajando lentamente hasta chocar contra tu cara.

Por este momento de felicidad, por esa sensación de éxtasis, por esa paz y armonía, es que todo lo sufrido para llegar a ese momento vale la pena, todo revolcón, sorbo da agua salada, porrazo y cansancio, son solo un pequeño tributo para ser digno de correr las majestuosas olas que la naturaleza nos obsequia.

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