Corea del Norte: la cárcel más grande del mundo.

por JAIE MICHELOW, Arqueóloga, U. de Chile.

 

La atención de los medios internacionales en Corea del Norte suele centrarse en las amenazas periódicas de ataques nucleares a Occidente. Los reportes sobre la política interna son inexistentes, pues no se generan grandes cambios al interior de un régimen totalitario, en el cual los líderes se suceden en una dinastía hereditaria aproximadamente cada 30 años. Corea del Norte es un país de fronteras cerradas al cual es extremadamente difícil ingresar con fines de investigación científica, interés periodístico o incluso para la acción de organizaciones humanitarias. Este cerco informativo se traduce en la falta de información disponible para el público general, y con el correr del tiempo, en un olvido total por parte de las personas comunes y corrientes en Occidente, quienes pueden llegar a preguntarse: ¿Existen dos Coreas? ¿Dónde queda Corea del Norte? ¿Cuáles son sus fronteras? ¿Cuáles son sus aliados?

Una dictadura militarizada, bajo la figura de líderes absolutistas, es coherente con la ausencia de libertades personales y excesivo control del estado sobre los individuos. En este caso, estamos en lo correcto. Ejemplos clásicos de esto son: la prohibición para los ciudadanos de salir del país, la existencia de un partido político único, y la acción de sistemas de vigilancia civil y militar que regulan el comportamiento público y privado de los habitantes, quienes son clasificados según el grado de lealtad al régimen. Otros ejemplos más peculiares incluyen: la presencia obligatoria del retrato del líder al interior de casa residencia familiar (el cual no debe ser acompañado por ningún otro retrato en la misma pared, y el cual está sujeto a supervisión policial para verificar su presencia y estado adecuado a la dignidad del líder), la prohibición de vivir en la capital Pyongyang para todos quienes no cuenten con permiso expreso del partido, y el hecho de no existir automóviles privados en Corea del Norte (todos los automóviles pertenecen al ejército o al gobierno y su uso está estrictamente regulado) [1].

También sabemos que en este sistema político ocurren reiterados abusos contra los derechos humanos, lo cual suele ser justificado por el oficialismo como represalias legítimas contra los opositores, calificados de rebeldes o traidores. Reportes provenientes de organismos internacionales de derechos humanos dan cuenta de la existencia de prisiones políticas en la forma de campos de trabajo, modelados sobre los GULAG soviéticos. Lo que hace que los campos de trabajo de Corea del Norte sean únicos y especialmente perturbadores es que en ellos los castigos no se restringen a los ofensores y sus asociados  (culpabilidad por asociación era también una característica de los GULAG), sino que la “falta” constituye una especie de pecado transmitido por tres generaciones: los condenados pasarán el resto de sus vidas en prisión, realizando trabajos forzados, y también lo harán sus hijos y sus nietos [2].

El encarcelamiento de por vida de ciudadanos nacidos en prisión y culpados por las supuestas faltas de sus padres o abuelos nos parece un hecho medieval, inexplicable e irracional, sin embargo ¿nos parece acaso lo suficientemente inaceptable como para exigir a la comunidad internacional tomar acción al respecto? A la fecha, Corea del Norte niega la existencia de estas prisiones, así como todo abuso contra los derechos humanos, a pesar de las imágenes satelitales de los campos de trabajo y numerosos reportes de testigos refugiados hoy en China y Corea del Sur.

 

Informarse al respecto y difundir es un primer paso [3 y 4].

  1. Barbara Demick, 2009. Nothing to envy: Ordinary lives in North Korea.
  2. Blain Harden, 2012. Escape from Camp 14: One man’s remarkable odyssey from North Korea to freedom in the West.
  3. North Korea Now. A global awareness campaign for human Rights in North Korea. http://www.northkoreanow.org/
  1. Amnesty International / North Korea.

http://www.amnesty.org/en/region/north-korea

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