El espionaje gringo y su tensión con Latinoamérica

por KEVIN ARY LEVIN, Est. Sociología, U. de Buenos Aires, Argentina.

 

En el último tiempo, escándalos y noticias relativas al espionaje y la vigilancia del uso de Internet y teléfonos saltaron a la luz en el mundo. El país lógicamente más preparado y con aparentemente mayor historial en estas prácticas, Estados Unidos, vio al gobierno de Barack Obama (que llegó al poder con promesas de corte más progresista que su antecesor, y con signos de rupturas importantes con respecto al pasado) debiendo responder ante acusaciones de que, más que abandonar las técnicas de espionaje contra su población, había continuado y profundizado estas políticas, sacudiendo así su base de apoyo progresista local (a lo Estados Unidos).

La información en esta época es un bien preciado, muchas veces no sujeto a restrictivas normas como la legalidad o el respeto a la soberanía, y tiene todas las señales de ser un elemento cada vez más importante de las relaciones internacionales. Esto implica, por un lado, que muchos gobiernos harán lo imposible para obtenerla por cualquier método posible; mientras que, por otro lado, lleva a que gobiernos castiguen y ejemplifiquen con los casos de quienes entregan esta información.

Nuestras tierras latinoamericanas no están ajenas ante las noticias de espionaje, sino muy en el medio. Ya con el boom de Wikileaks supimos de varios hechos de espionaje relacionados con diferentes de nuestros países. A esto se le suma el enigmático caso judicial contra Julian Assange, el creador del portal de secretos gubernamentales, hoy refugiado hace 15 meses en la embajada de Ecuador en Londres a pesar de ser solicitado en Suecia por un juicio por violación y que, en caso de ser extraditado al país nórdico, podría ser llevado a Estados Unidos a enfrentarse a cargos de traición y espionaje. Ecuador manifestó su disposición a recibir al hacker si llega a obtener un salvaconducto, en abierta contradicción con la política de las grandes potencias.

Otros casos conocidos son los de Chelsea Manning (antiguamente conocida como Bradley Manning), militar sentenciada a 35 años por entregar archivos secretos relacionados al accionar estadounidense en Irak y Afganistán; o el de Edward Snowden, analista de inteligencia quien reveló secretos sobre el programa de espionaje interno de Estados Unidos y está hoy refugiado en Rusia.

Desde la otra perspectiva, Ecuador recibió críticas por su aparente apoyo a quienes revelaron información sobre Estados Unidos. Según informes, este país, junto a otros aliados como Venezuela y Bolivia, parecen ser blanco de espionaje, lo cual despierta dudas sobre el respeto a la soberanía y democracia en nuestro continente cuando los gobernantes cometen la osadía de oponerse a las políticas tomadas por el gobierno estadounidense. No debemos olvidar el incidente de principios de julio en el cual el Presidente de Bolivia, Evo Morales, fue impedido de salir de Austria ante las sospechas de que podía estar llevándose al “topo” Snowden en su avión presidencial.

Lo más reciente involucra a Brasil, donde salió a la luz un aparente espionaje al gobierno de Dilma Rousseff, que incluía leer sus e-mails y escuchar sus conversaciones telefónicas. También se habla de espionaje a la empresa petrolera Petrobras, una de las más grandes de su tipo en el mundo. La gravedad del asunto llevó a la cancelación de la visita de Rousseff a Estados Unidos, donde se iba a encontrar con Obama.

El ofrecimiento de asilo a “topos” por parte de gobiernos latinoamericanos como Venezuela, Ecuador y Nicaragua es una muestra más de que, por más que sea una verdadera batalla de David contra Goliat, hay voluntad y organización como para, al menos, un intento de hacer frente a la hegemonía estadounidense en el continente, en lo que refiere por lo menos a la libertad de información y muchos otros aspectos. Sin embargo, este intento es limitado e incipiente.

Es todavía temprano para ver una tendencia, pero hay indicios que nos muestran que en este tema Latinoamérica puede llegar a presentar una postura fuerte que ponga en juego la unipolaridad de los últimos por lo menos 20 años en el mundo (sin siquiera tomar en cuenta el espionaje e intervención desmedidos durante la guerra fría), y que la libertad de información y el espionaje se conviertan cada vez más en un punto de tensión entre nuestro continente y los Estados Unidos.

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