Un respiro en medio de la carrera

por ALEXANDER MINOND, Psicólogo, U. del Desarrollo.

 

Cuando era pequeño comencé una carrera, todos la corrían y yo claramente quise ser parte de ella, y sin entender mucho partí. Primero había gente que me mostraba cosas, me ayudaban a descubrir y entender quiénes éramos, y me enseñaron a compartir, ya que antes, poco sabía sobre lo que era convivir con otros como yo.

Poco a poco, el tiempo fue avanzando y fui aprendiendo más cosas. Un universo de oportunidades se abría rápidamente a mi paso, la lectura, escritura, matemáticas, empecé a entender cómo funcionaban las cosas, el cuerpo y las leyes de la madre naturaleza. Ya los mayores me ponían nuevas reglas, coartaban mi impulsividad, me restringían y controlaban cuanto era capaz de meter en mi cabeza. Esto no me parecía justo, yo quería conversar, ver qué pensaban mis compañeros, expresarme, pero para seguir en la carrera y poder ganar, debía hacer caso y no cuestionar.

A medida que avanzaba, nuevas cosas se ponían delante de mí, nuevas exigencias que dificultaban llegar a la meta, pero seguí e intente, dejando de lado lo que me gustaba hacer, para ser lo que llamaban una persona madura y adulta. Dejé de jugar, de saltar y correr para sentarme a leer y escribir, pero… ¿Qué era lo que escribía y leía todo el tiempo? ¿Para qué lo hacía? Esas preguntas parecían no importarle a muchos, por lo que yo tampoco me lo seguí cuestionando, ya que si lo hacía, me quedaba atrás en la pista.

Hasta que llegamos a un gran obstáculo, para el que era un requisito dejar todo de lado y poner todas nuestras fuerzas, no importaba nada más, todo lo otro era una pérdida de tiempo y puras “pendejadas”. Muchos sufrieron las consecuencias, cayeron y perdieron velocidad. Algunos se transformaron en personas a las que solo les importaba ganar, mientras otros preferían mantenerse en un bajo perfil y relacionarse con otros, conversar, reflexionar y volar. Poco a poco, perdí interés en la carrera, pero tenía un bichito que me impulsaba a seguir. Constantemente, divagaba en mi cabeza ¿Qué sentido tiene seguir? ¿A dónde quiero llegar? ¿Para qué correr tanto?

Y terminó esta tormenta pasajera. Muchos tomaron distintos rumbos, confundidos por el viento y la lluvia, retrocedían y daban vueltas sin encontrar el camino. Yo decidí poner pausa para descansar, nunca fui bueno para correr rápido. Lo necesitaba, un soplo de aire reponedor.

Luego comenzó una nueva pista, diferente, emocionante pero a la vez cansadora, ahora había que ser mucho más serio, las cosas se comenzaban a complicar poco a poco. Comencé a ver que muchos tomaron distintos caminos para llegar a la meta, algunos simplemente salieron y comenzaron otra carrera, lo que me sonaba algo osado pero no tan descabellado, a fin de cuentas, ¿a dónde nos llevaba esta carrera que comenzamos cuando pequeños? Preguntaba pero nadie me sabía contestar, y así comenzó mi gran duda, una duda que aún me viene diariamente mientras corro sin saber para dónde ir.

Me llama la atención que a donde vaya nadie se pregunta qué es lo que hace, les contaron que si seguían iban a estar bien, y que si paraban serían perdedores, pero no se detienen a ver qué otras opciones hay, muchos caminos distintos, algunos más peligrosos, con otras oportunidades, nuevas cosas por descubrir, tanto de ellos como del mundo donde viven, más que la simple carrera que comenzaron.

Siguen como caballos de carrera, enfocados solo en un punto, dejando de lado un universo de opciones, de libertades, pero que no son con las que tanto nos han motivado, por el contrario, nos han advertido de no tomarlas. Van copiando los pasos de los que se consideran ganadores, de los que suben al pedestal y muestran sus logros y medallas. Visten ropas ajenas, usan la piel de otros, las ideas y discursos de otros.

Decidí tomar otro respiro, descansar. Algunos me llamaron flojo, otros me dan por perdido, mientras varios me dicen que les gustaría descansar, pero no lo harán por el riesgo que les trae de quedar atrás y no alcanzar la meta, desconocida por todos. El miedo de decepcionar, de no encontrar el camino, de ser vistos como perdedores y desertores.

He decidido tomar el riesgo, cambiar de ruta, con la incertidumbre de lo que vendrá, desafiando las imposiciones de la sociedad. Un soplo de aire esperando encontrar el camino que me lleve a mi meta, no a las metas de otros, a mi felicidad y libertad.

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