Los Hijos del Desamor

por FRANCISCA HIRSCH, Est. Psicología, U. de los Andes.

 

El corazón del hombre es una herramienta rítmica que puede tocar una melodía que le da sentido a nuestra existencia. Es por esto que al tener este potencial, su amor es algo frágil que debe ser protegida para poder fortalecerse. Amar debe por ende surgir como algo innato, cuando amas a alguien no puedes exigir, no pidas perfección, pues entonces estás en contra de esta creación melódica.

El amor no reclama, el amor es un estado total, significa que tú simplemente amas, y esa es la mayor retribución. Cuando uno naufraga en el amor, ocurre una de las paradojas más sorprendentes de la vida, dos personas están juntas y, sin embargo, tremendamente solas, ya que su vínculo no derriba su individualidad. Esto ocurre porque cuando dos personas maduras se enamoran se ayudan a ser libres.

Sin embargo, cuando brotan en las relaciones las emociones de posesividad y demandas, el amor se ve insultado. Aparecen las frustraciones del fracaso amoroso y  las ilusiones construidas se evaporan. Las personas se separan y se sumergen en el vacío que aparece con el desamor. Es por esto que en general las separaciones no son tan dolorosas, porque al ocurrir, el amor ya no está tocando su puerta.

Pero ¿quién piensa en los niños que nacieron bajo el desamor? Un hijo es una condensación de lo masculino y femenino de ambos padres, su ser se exterioriza en las polaridades adversarias que lo trajeron a la vida, por ende es una porción padre y otra madre. Es por esto que el divorcio se produce dentro del niño, su propia sustancia se fisura dejando heridas silenciosas aunque él no se dé cuenta.

Estas heridas emocionales son escudos de doble filo. La única manera de independizarse de ellas consiste en hacerlas conscientes. Si eres consciente de tus heridas pasadas, ellas se marchitan envejecidas en el mar de las experiencias; de lo contrario, siempre están ahí influyéndote de manera muda.

No le tengas desconfianza a estas penas, nunca se puede llegar a sentir plena felicidad si no somos capaces de enfrentarnos a los ejecutores de nuestros dolores. Solo cuando entendemos que la aflicción, al igual que el amor, no debe exigirse ni frustrarse, sino sentirse como algo innato a nosotros, algo que surge y nos sumerge en ella, es cuando nos amigamos de nuestras dificultades y podemos volver a ser amor, ya que a pesar de la fatiga, el amor resiste, insiste, y sobrepasa.

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