Mohammed el Guerrillero

por GIANFRANCO RAGLIANTI, Abogado, U. de Chile.

 

Sabía que los viajes cambiaban a la gente, pero nunca imaginó que esa situación pudiera llegar al extremo para que lo pararan en la frontera ya que su persona no coincidía con la que aparecía en la foto del pasaporte que llevaba.

Antes de ingresar al país de medio oriente cuyas fronteras ahora intentaba cruzar de vuelta, nuestro protagonista se llamaba Juan González y era un chileno corriente de mal cutis, nariz chueca, y pelo tieso. Sin embargo, ahora con el pasaporte en su mano, enseñándolo a los soldados de la frontera, el hombre que aparecía en la foto no tenía prácticamente ningún rasgo físico en común con el árabe de piel gastada por el sol y rizos gruesos que sacó el documento de su bolso. Es más, la falta de identificación no sólo era física: en los últimos días, varias veces oyó el nombre Mohammed y por reflejo se volteó como si lo llamaran a él.

Comenzando a intuir el cambio experimentado en su travesía, y sintiéndose por dentro como el producto de una profunda mutación, asumió su nueva identidad y, buscando evitarse problemas, en un perfecto árabe que nunca llegó a entender cuándo aprendió (con suerte manejaba antes del viaje un español mediocre, lleno de hipercorrecciones), se disculpó con los soldados fronterizos por el malentendido. Argumentó que probablemente confundió su pasaporte con el de un turista chileno que alojó en su mismo hotel y se alejó caminando rápido, de vuelta al que ahora iba a ser su país.

Cómo llegó hasta ahí, cuál fue el motivo de su viaje y cómo éste lo transformó, mutándolo materialmente y demostrando eso que los viajes cambian a las personas puede ir más allá de ser un mero decir, son cosas que no tienen importancia porque pertenecen al pasado.

Es el futuro el que importa: después del incidente fronterizo, Juan González, que ahora respondía al nombre de Mohammed, hizo dedo en la carretera hasta que decidió quedarse en un pequeño pueblo desértico que se sustentaba económicamente gracias a un bus de turistas que periódicamente paraba para comer en el único restaurante de los alrededores y comprar algunas artesanías típicas de la zona, pero importadas desde China. Encontró trabajo como cocinero del restaurante, ya que uno de los dueños lo reconoció como el hijo de una prima. Mohammed trató de explicarle que él sólo creía tener parientes en el sur, en Laja, pero al escuchar el interés de su supuesto tío en presentarle a su hija, desistió y prefirió formar parte de esta nueva familia.

En Chile, Juan González sólo comía arroz con huevo, pero ahora parecía dominar la cocina árabe a la perfección. Se casó con su prima putativa, y después con otra prima más, ya que la poligamia todavía estaba permitida en ese país.

En Chile, mientras estudiaba una carrera técnica, Juan fue a algunas marchas, pero más por las chorrillanas y las cervezas que tomaban después que por algún genuino interés en generar profundas reformas sociales. Sin embargo, en su nueva patria, Mohammed empezó a sentir por sus venas una sed de justicia que lo llevaría a transformarse en un conocido líder revolucionario.

Varias décadas atrás, el país estaba controlado por un dictador pseudo-teocrático, descendiente de una poderosa familia que controlaba los recursos petrolíferos de la zona. Estados Unidos, apelando a supuestas violaciones a la libertad de culto que se estaban cometiendo, derrocó al dictador y en su lugar instaló a otro, designado por el presidente de los Estados Unidos. Argumentaban que como el gobierno norteamericano había sido elegido democráticamente, entonces el nuevo dictador, por transitividad, también lo escogió el pueblo.

Pero pasaron los años y, tras la muerte del dictador, los seguidores del derrocado intentaron tomarse el poder. Hubo una tentativa de golpe de estado y luego una guerra civil, en la que triunfó el bando del primogénito del dictador designado, quien se quedó con el trono. Cegado por el poder, recrudeció la represión política y censuró todos los medios opositores. Estados Unidos había enviado sus tropas para ayudar a reestablecer la calma y evitar alzamientos.

Mohammed se convirtió entonces en un revolucionario que luchaba por la libertad. Nunca supo si eso se iba a conseguir siendo gobernados por estadounidenses, por los opositores, o por cualquier otro bando, pero pensaba que daba lo mismo porque la situación actual era insostenible.

Su efervescencia política era interna, pero pudo materializarla rápidamente. Resultó ser que el restaurante del supuesto primo de su mamá, que ahora también era uno de sus suegros, era en realidad una fachada, porque en los viajes turísticos no sólo se vendían artesanías sino también armas y municiones.

Poco tiempo pasó antes que las ideas rebeldes lo llevaran a tomar la metralleta y salir a disparar. En Chile, Juan González iba ocasionalmente a un bar a tirar dardos, pero nunca lograba dar en el blanco. Como guerrillero, en cambio, se convirtió en una leyenda por su destreza. La insubordinación parecía ser afrodisiaca y, mientras recorría el país organizando revueltas por distintas ciudades, Mohammed se encamó con las mujeres más bellas de la región. Tenía varios seguidores y hay canciones populares en su nombre.

En todo caso, poco hay en su historia que no exista en otras parecidas. Incluso el final de su vida es similar al de otros guerrilleros, excepto por sus últimas palabras, que esconden un significado profundo que ninguno de sus seguidores ha podido dilucidar.

Fue herido de bala en un combate en su pierna derecha. Entre varios de sus seguidores lo intentaron alejar del campo de batalla, pero Mohammed insistió en morir como mártir. Con los problemas de desplazamiento, no fue necesario un gran esfuerzo de las tropas oficialistas para acabar con él y los de su facción. Fueron acorralados en una cueva, cerca de la capital, y sintiendo cómo su vida se aproximaba a su fin, dio un último suspiro y, tomando la ametralladora con fuerza, salió de su escondite.

Justo antes de ser acribillado por una lluvia de balas, pero una vez que estuvo afuera de la cueva logrando ver a sus enemigos, pronunció unas palabras que nadie más entendió en ese momento, pero que la historia se ha encargado de reproducir. Aunque nadie de ese país comprenda su significado, los seguidores de Mohammed acostumbran a escribirlas en fonética y repetirlas en voz alta, como un mantra que les da fuerzas en la batalla. Quizás crean que fue un último arrebato de lucidez y en esas palabras se esconde el secreto para obtener la victoria. Quizás piensen que al reproducirlas, honran la memoria de su líder. O quizás, simplemente les gusta el cosquilleo que produce en sus bocas esta frase que utiliza fonemas a los que no están acostumbrados.

Lo que no resiste especulaciones, y es una certeza empíricamente comprobable por los registros audiovisuales que documentan algunos enfrentamientos, es que en el fragor del combate existen guerrilleros, seguidores de nuestro Mohammed, que sin entender lo que significa, y con un marcado acento árabe, se arengan a sí mismos repitiendo las últimas palabras de su líder: “conchetumadre, hueón, tamos hasta el pico”.

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