El niño al que retaron por llorar

por ALBERTO ASSAEL, Psicólogo, PU. Católica.

Todo podría resumirse en eso. Una madre apurada que se enojó por el llanto descontrolado de su hijo en la mitad de la calle. Pero lo que sucedió ese día, fue en realidad mucho más.

Imagina que ves un niño pequeño, de no más de tres años, cachetón y despeinado, se distrae al ver algo llamativo. Refleja en su semblante la concentración absoluta que solo un niño descubriendo el mundo puede, y con ternura y su pelo puro y brillante bajo la luz del sol, se detiene, inocentemente, abstraído por aquello que llamó su atención. Piensa en un palo de helado, o si te acomoda en una paloma comiendo las migajas que le tiró algún abuelo. Pero mientras, su madre, una mujer de buena figura y bien vestida, sigue su curso apurada.

El niño, después de aproximarse a ese objeto no identificado y observarlo unos segundos, se acerca un poco más y lo toca, y siente que se le pegotean los dedos, o provoca que la paloma dé unos aletazos repentinos, lo que lo saca de su ensimismamiento y lo hace necesitar a su madre. Ves como la cara se le desfigura lentamente en la medida en que no encuentra el rostro indicado. Como que por unos momentos la angustia se le adelanta, le invade el cuerpo, le tuerce la boca, le frunce el ceño, mientras sus ojos siguen buscando, confundidos, entre los adultos circundantes. Pero los rostros no coinciden y el miedo gana y aparece el llanto desconsolado de un infante a la deriva del mundo. Es un llamado de sobrevivencia. Angustia pura.

La madre se alcanzó a alejar lo suficiente para provocar en el niño una crisis. No estaba tan cerca como para escucharlo al instante y desactivar esa incómoda alarma biológica.

El niño está desconsolado y otra mujer, una ejecutiva con esos trajes oscuros de dos piezas, medias elegantes que reflejan la luz y un pelo corto en forma de casco, se agacha hasta quedar a la altura del menor. Aunque el niño es incapaz de sentirla, pues llora cada vez más fuerte, la mujer hace un esfuerzo para hacer contacto visual y calmarlo. Pero él está perdido, sintiéndose sólo en el planeta tierra, que se le hace inmenso y peligroso; pies revestidos de negro amenazan con aplastarlo, miles de piernas se enredan mareándolo, el suelo lo deja sin cobijo, no hay mantas, conocidos, nada.

La ejecutiva, inspirando un aura maternal, parecía estar haciendo lo posible, y la madre más adelante deja el celular de lado y se giraba para deshacer sus pasos con cara de enojo. Por desgracia, lo vio de inmediato. Digo por desgracia porque no le alcanzó a entrar a ella el susto. No palideció, no entró en modo de alerta, ni menos saludó al pánico. Lo vio y se apuró (por lo menos), en llegar a él.

Lo agarró de uno de sus brazos y lo levantó hasta ponerlo de pie, mientras él seguía llorando como un loco. Ella, molesta por el retraso que le implicaba, le lanzó algo como “¡Cuántas veces te he dicho que no te alejes de mí cuando andamos en la calle!”.

El niño no tenía más de tres años y ella, haciendo caso omiso al estado de su hijo, miraba su whatsapp y lo retaba: “No es para tanto, ya, no te voy poder traer más conmigo, listo, nunca más”. Ni siquiera lo miró. El niño emitía unos gemidos que ella no podía escuchar.

Después de tomarlo en brazos, le sobaba la espalda mecánicamente, pero su hijo seguía en shock y ella mirando de reojo su teléfono ultramoderno. Mientras el niño parecía estar necesitado de contención, su madre parecía querer tiempo para sí misma, como una de esas madres que se alivia cuando su hijo por fin encuentra algo más interesante que estar con ella, y así puede dedicarse a lo que le da la gana.

Porque cuando está con él, en realidad no está. Aunque el menor la busque y la busque, ella lo mira solo para cerciorarse que no está a punto de cortarse o electrocutarse, y después desvía su mirada.

Quizás cuál sea su propia historia. Una mujer que no puede estar disponible genuinamente para su propio hijo no debe tener la capacidad para estar con nadie, ni siquiera consigo misma, y eso se llama soledad.

Ese niño, sin saber que hacer con su miedo, sin tener unos ojos conocidos que lo calmen, posiblemente tampoco aprenderá cómo evocarlos ni sentirlos, y seguirá solo y abandonado, en medio de un mundo hostil, creyendo que nadie puede protegerlo. Ni su madre, ni él mismo.

Imagina que ese niño pudiste haber sido tú, o esa pudo haber sido tu madre, o tu padre, o tal vez tú mismo, en un futuro, podrías transformarte en un padre así.

Si eso ocurriese, sería bueno no olvidar que, en medio de ese mundo aplastante, una persona se detuvo, se puso a tu altura y te prestó su voz. Considerarla, quizás, es lo que haría de ésta, otra historia.

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