El israelí que se fue corriendo de Chile

por KEVIN HES, Est. Derecho, PU. Católica.

 

Hace algunos días, tuve la oportunidad de leer sobre un investigador israelí decidido en venir a nuestro país en búsqueda de inversionistas. Su fin era concretar un proyecto que idealmente se desarrollaría acá, en Chile, haciendo de nuestro país un centro de innovación tecnológica de referencia mundial.

Habiéndose contactado primeramente con titulares de fondos públicos, éstos estaban dispuestos a evaluar el proyecto. En la otra vereda, cuenta que los privados, si bien lo habían recibido, miraban con desconfianza su proyecto y le cerraron las puertas. Luego de seis meses, decidió emigrar a Singapur, otro país que, por su clima y condiciones socio – culturales, era apto para recibir el proyecto. Ante este escenario, en el mismo artículo se le preguntaba por qué decidió emigrar.

El israelí responde que Chile está sesgado por dos realidades que hicieron imposible su proyecto: en primer lugar, el control absoluto de los grandes grupos económicos del país, tratando que el reinante status – quo se mantenga para así no alterar sus réditos. Si bien esto es lógico, no creo que el sistema chileno sea excluyente respecto de todos los demás sistemas socio – económicos en el mundo. Difícilmente puedo creer que los demás países no estén encapsulados bajo éstos; toda sociedad posee grupos económicos y sociales que forman un molde.

Lo que sí me llamó la atención fue la segunda reflexión: la ruptura generacional que existe entre los chilenos. El israelí percibió una completa desvinculación entre las generaciones mayores de las menores, un inmenso choque socio – cultural. Esto es algo que parece ser evidente, pero cuyos efectos comienzan rápidamente a propagarse y sorprendernos. El área del pensar entre las generaciones mayores es trascendentalmente distinta a las menores. No es que una se encuentre por sobre la otra, simplemente son dos modelos distintos y asimétricos que en muchas esferas parecieran ser irreconciliables.

Hoy, el sistema impuesto parece hacer aguas. Lo que antes parecía natural y obvio comienza a ser dudado, la fuerza y rebeldía por alcanzar otro ideal de vida gana adeptos rápidamente, generándose como producto un choque conceptual  entre “qué es lo debido” y “qué es lo efectivamente querido”.

Gran parte de esta ruptura se relaciona a la tecnología y sus redes sociales, a la posibilidad de acceder a mayor información, pero sobretodo, a la exigencia impuesta a un sistema que por años ha exigido apreciar al individuo como un mero número singularizado y productivo por sobre un ser que se puede y debe desarrollar integralmente.

Las áreas del aprendizaje, la moral y el fin de vida parecen ser tres campos muy distintos entre ambos grupos. Si bien las generaciones menores producen quiebres y cambios en el modelo concebido, hoy nos encontramos frente a un cambio exacerbado, un quiebre sistemático a ciertos cánones impuestos anteriormente que pareciera no disolverse ni dar tregua.

Así como el sistema ha presionado en base a la productividad del ser, hoy el individuo exige una correlación, una base mínima por sobre la cual operar, un cimiento sobre el cual comenzar, traduciéndose así en un espíritu revanchista, una sed por equiparar la cancha nuevamente.

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