Combatiendo adicciones y dependencias: el desafío de definir y decidir nuestra felicidad.

por DIEGO SILVA CASSORLA, Ingeniero Civil Industrial, U. de Chile.

No creo en el “Bien” y el “Mal” a secas, como un conjunto de definiciones morales invariables y únicas. De hecho si las observamos bien es evidente que evolucionan y varían según el ámbito personal, social en las comunidades, o también contextual según las situaciones, con respecto a la ubicación geográfica o espacial y a través de los tiempos o temporal.

Desde lo que está bien o mal en la moda, como en los 80’s cuando había un look que la gente prefería y que ahora es causa de vergüenza para muchos de los que tanto lo amaron (evolución interna) o en el caso de grandes pensadores como el mismo Maimónides, quien tuvo posturas distintas al comienzo de su vida y luego en el otro extremo.

Hace no tanto, no se consideraba correcto que las mujeres votaran, hoy en general ya no está en duda y sería considerado una aberración afirmarlo públicamente ante la sociedad (temporal). Lo anterior es válido para nuestra sociedad, pero en otras todavía es una realidad (variación según ubicación geográfica).

Las definiciones muy estrictas terminan siendo no aplicables para todos los casos. Al no haber un bien y mal absolutos, sino más bien un set de bien y mal personal e intransferible, ya que básicamente son nuestras preferencias  individuales, combinadas con nuestros determinantes temporales, geográficos, contextuales, etc. Son éstas combinaciones las que nos definen y nos hacer ser, en definitiva, quienes somos. En este contexto, escribir es dar mi opinión y definirme al menos en mis pensamientos.

La contingente festividad de Pesaj habla de la libertad, de la liberación. Hoy en día ¿de qué podría querer liberarme?, ¿qué me podría quitar la libertad para querer recuperarla? Un par de “esclavitudes” que me resuenan por su potencia y familiaridad son la dependencia de otra persona o a una substancia, la adicción. Tenemos la libertad de elegir a cada momento, aunque muchas veces nos pasamos reaccionando en vez de eligiendo.

La dependencia de otra persona como a la pareja, los hijos, de la madre o incluso de un rabino, se da cuando mis decisiones o mi felicidad no dependen de lo que yo sienta o piense, sino de cómo otro actúe u opine. En muchos casos le damos el poder a otro de decidir nuestro camino y en otros decimos que el otro es egoísta por actuar de cierta manera que a mí me hace infeliz. ¿Cuán común es enojarse, deprimirse por lo que otro haga? o ¿dejar de hacer algo porque no sé si a algún otro, o a la sociedad en qué vivimos, le vendrá bien? ¡La verdad es que es una pandemia! ¿Es normal? Sí, porque se ve mucho. ¿Eso significa que debemos seguir en ese camino? No. El problema es que nos quedamos pegados con la “normalidad” y no aplicamos la libertad de elegir, de definirnos, de crearnos. De manera similar una adicción es una pérdida de autonomía, pues ante una adicción uno no elige, sino que reacciona ante un impulso que uno pareciera no poder controlar. Quisiera pensar que Pesaj nos invitó a romper con las adicciones de personas y de sustancias, abandonar las reacciones, y avanzar hacia la conquista de la autonomía, de la elección consiente.

Dejemos que los otros hagan su vida según sus preferencias y que nosotros nos hagamos cargo de nuestra propia felicidad, reclamemos la felicidad que perdimos cuando nos creímos que las verdades pueden estar afuera y no dentro de nosotros, felicidad que finalmente a cada uno le toca definir cuál es.

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