teóricos

La Importancia del Juez Literario y la búsqueda de Jueces más Humanos al momento de impartir Justicia.

por NICKY ARENBERG, Est. de Derecho. U. de Chile. Secretario General Federación de Estudiantes Judíos.

Iustitia, la diosa romana de la justicia, se representa como una mujer de ojos vendados que sostiene en su mano izquierda una balanza y una espada de doble filo en la otra. Las características de la iconografía de la diosa Iustitia ha perdurado hasta nuestros días y sus atributos son aquellos que, básicamente, esperamos que tenga la justicia que nos imparten nuestros jueces y tribunales: Ciega, objetiva, racional, imparcial, eficaz, equitativa e igualante.

Esta imagen de la justicia y sus atributos anexos es más que un objeto cultural dentro del imaginario colectivo, es parte de las aspiraciones de cualquier sistema jurídico occidental, y en Chile es parte de los derechos consagrados en el Art. 19 N° 3 de la Constitución. El problema es que, a pesar de que en la cultura jurídica chilena el juez es –en palabras de Andrés Bello- “esclavo de la Ley”, a fin de cuentas éste es esclavo también de sí mismo, de su crianza, educación, y toda una serie de factores bio-psico-sociales que permean sus sentencias y producen que muchas veces a la justicia se le caiga la venda de los ojos.

La jurisprudencia nacional tiene múltiples ejemplos de cómo los jueces se ven influidos por sus rasgos personales para “doblar” la Ley de manera que esta sirva para sostener una postura moral o ideológica por sobre la justicia del caso. Las decisiones conservadoras, retrógradas y prejuiciosas de la Corte Suprema en casos en que se ven envueltos Derechos Fundamentales como “Martorell v. Luksic”, “La Última Tentación de Cristo”, y más recientemente en el caso de la jueza homosexual Karen Atála (que por estos días pasa por la etapa de alegatos en la Corte Interamericana de Derechos Humanos)  son ejemplos claros de cómo la justicia se ve desplazada en la intención del juez por el resguardo de intereses pre-judiciales ajenos a ésta. Con todo esto queda claro que en Chile el concepto de la justicia, a la hora de la aplicación, no siempre se ajusta a lo que debería ser, y esta situación no tiene otro culpable que los jueces.

Hasta aquí, nos vemos en una disyuntiva respecto de la justicia que culturalmente esperamos y la que muchas veces obtenemos de los jueces, y tenemos dos posiciones teóricas al respecto del tipo de justicia que queremos que imparta la judicatura. Por un lado, tenemos la opción de seguir a Bello y crear verdaderos “esclavos de la Ley”, jueces que no tengan otra opción que seguir fórmulas jurídicas establecidas para llegar a una decisión en cada caso (yendo más allá, hoy en día estos jueces incluso no tendrían por qué ser humanos), lo que nos llevaría a una aplicación formalista y rígida de la Ley que mantenga la venda en los ojos de la justicia. Por el otro lado, está la opción de aceptar la humanidad de los jueces y poner el énfasis en hacer que éstos son un reflejo fiel de la sociedad en la que ejercen sus facultades y los valores que esta propugna.

En mi opinión, ninguna de las dos opciones es convincente. Tener jueces limitados sin espacio para la interpretación o cualquier consideración que no sea estrictamente legal simplemente va en contra de la naturaleza social y humana del Derecho y la necesidad de justicia. La opción de dejar un espacio prácticamente ilimitado para que el juez acomode el Derecho a sus convicciones personales respecto de un caso reduce drásticamente la seguridad y la certeza jurídica a la hora de hacer valer una pretensión. Dado esto, ¿Qué tipo de judicatura es la que nos permite realmente mantener vigentes los valores democráticos y la humanidad inherente de los problemas jurídicos?

Yo creo que la respuesta a esto parte de una tradición ya amplia en el Derecho anglosajón que considera que la influencia de los factores bio-psico-sociales en las decisiones de los jueces son una realidad que, si es bien encaminada, es absolutamente deseable. A partir del s.XIX, el juez Oliver W. Holmes sentó las bases de la escuela del Realismo Jurídico que se ha desarrollado ampliamente desde el siglo pasado. Esta escuela postula que los jueces, en cuanto seres humanos, toman una decisión pre-jurídica solo en base a su experiencia personal y los hechos del caso que se les presenta y que posteriormente buscan la manera de ajustar su decisión a la Ley. Con esto se produce que la formación (mucho más que jurídica) de los jueces sea tan importante como la Ley para procurar que se haga justicia, y determinando que un juez bien formado va a ser más justo que uno que simplemente repita rígidamente lo que dice la Ley.

El paso siguiente a la aceptación de la premisa del Realismo Jurídico lo podemos encontrar en el libro “Justicia Poética” de la filósofa estadounidense Martha Nussbaum (una de las exponentes actuales más destacadas del movimiento Derecho y Literatura). En esta obra, la filósofa establece que los jueces están permeados en sus decisiones por la imaginación literaria, parte innegablemente importante de la conciencia colectiva que demuestra como miramos la justicia como cultura occidental. La experiencia literaria de Sócrates, Shylock, Henri Charrière, Solyenitzin y un amplísimo etcétera entregan al juez sensibilidades tan importantes a la hora del ejercicio de la judicatura como el conocimiento de la Ley, convirtiendo al juez –ahora lo que Nussbaum llama un “juez literario”- más que en hijo de su momento histórico, entregándole una visión del mundo humano más desarrollada que le permita tomar mejores decisiones; decisiones que, si bien se ciñen a las pautas de la Ley, son más humanas en su razonamiento y no meramente legales.

Ahora, la importancia del juez literario, lo que en el fondo lo convierte en lo que yo considero debería ser la justicia, se radica en su forma de ver los issues jurídicos. Al verse enfrentado a un caso, el juez literario lo analiza como uno lee una novela: se convierte en un espectador neutro pero juicioso que empatiza completamente con cada una de las posiciones y pretensiones de manera que puede sopesarlas tanto humana como legalmente. De esta manera, el juez alcanzará con su decisión una justicia real e imparcial que no pierde el trasfondo cultural, social y humano que caracteriza a los problemas jurídicos y a todo el quehacer de los hombres.

Entonces, la tarea está clara y la meta también. Debemos como cultura y sociedad chilena escapar del paradigma –propio de nuestro ethos decimonónico- en que el juez debe ser un “esclavo de la Ley”, sin caer en la parcialidad y subjetividad de un derecho que se vuelve una mera herramienta justificadora de decisiones judiciales que tienen poco de jurídicas y mucho de morales y políticas. Tenemos que buscar una justicia que se materialice en jueces humanos y humanizantes que empaticen con las partes y la sociedad en la que se encuentran a la hora de aplicar la Ley. En definitiva, hay que quitarle la venda a Iustitia para que pueda ver el mundo que tiene que pesar con su balanza y las personas que va a ajusticiar con su espada.

Publicaciones Similares

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *