El Bien y el Mal, o sobre retóricas impuestas y nuevas formas alternativas hacia la emancipación.

por FELIPE QUINTEROS, Est. de Psicología, U. Adolfo Ibáñez.

Para un saber seguro de sí, las adicciones parecieran ser un problema simple, simplemente un tema que evocaría en algunas personas serios reproches y una autoconciencia lista para castigar (para Nietzsche esta sería la función principal de toda conciencia). La palabra adicción no parece posible de ser disociada de la palabra droga. Pero ¿pué es una droga? ¿cuál es su estatuto?

En su Pharmakon, Jacques Derrida se interna en esta pregunta en el texto “inaugural” de la llamada cultura occidental y la filosofía, el de Platón. El argelino tendría al parecer, un cierto gusto por los temas difíciles y relegados a la periferia por la tradición que pretende criticar. En este texto, Derrida demuestra que para Platón el Pharmakón, es a la vez remedio y veneno, y por lo tanto no poseería una esencia. No habría así naturaleza alguna de “la droga”, no es posible de definir en términos positivos.

“La “esencia” del pharmakos se encuentra en la manera en la que no teniendo una esencia estable ni características propias, no es, en ningún sentido (metafísico, físico, químico, alquímico) de la palabra, una substancia. El Pharmakon, no tiene identidad ideal; es aneidetica, primero porque que no es monoeidetica (en el sentido en el que en el Fedro Plato habla de la idea, como algo simple, no compuesto: monoeide). Esta “medicina” no es una simple cosa. Pero tampoco es compuesta, una síntesis sensible o empírica derivada de esencias simples.[1]

Una ambigüedad constitutiva acosa a la droga desde su inicio griego, situación que no parece cambiar mucho hoy en día, cuando leemos en “The Rethorics of Drugs”: “no hay en el caso de las drogas, ninguna definición objetiva, científica, física, o naturalista… podemos concluir que el concepto de la droga no es un concepto científico”. [2]

De esta forma, si el concepto de droga no es científico, es “instituido sobre la base de evaluaciones morales y políticas.”[3] Así, tan pronto uno pronuncia la palabra “droga” aún antes de cualquier adicción, una “dicción” prescriptiva o normativa se encuentra trabajando…”[4] La ley, de la prohibición, del orden simbólico y de la cultura. De hecho es incluso seguro decir que  “no hay cultura sin cultura de la droga”.[5] Pero más importante aún, esta palabra trae la antigua distinción entre naturaleza y cultura, tan controversial y problemática que hasta el día de hoy determina discursos políticos e ideológicos de distinta naturaleza, así como posiciones en el discurso científico.

No habría que ser Focaultiano para traer a la conciencia que toda normatividad y ley debe ser puesta a trabajar y constituida en y a partir del poder, y el poder de sólo unos pocos, el gran problema de las clases dominantes y las leyes.

Luego de la afirmación de esta no naturalizada y no esencialidad de la droga, Derrida continúa su análisis haciendo ver que esta situación ético-legal de la droga, da pie a dos posturas ideológicas que comparten una metafísica común, un fundamento. Por un lado, tendríamos el discurso de “volvamos a la naturaleza”, retornemos a un estado en el cual podamos libres de toda artificialidad gozar libremente del cuerpo, disponer de él con libertad incluso con respecto a las “drogas.” El otro en cambio, sería partidario de una política del artificio, es decir “reconocemos que este concepto es artificial y normativo, pero deseamos continuar con él pues queremos una sociedad más saludable, productiva y ordenada, y por lo tanto, debemos imponer esta prohibición.  No debemos olvidar que toda ley “no puede existir” sin el sujeto normal, señor de sus intenciones y deseos”[6], por lo tanto, no se trata de un mero artificio sino que se relaciona con la misma condición de posibilidad de la cultura, y por lo tanto, no es menos natural y necesario que la naturalidad antes mencionada.

Ambas ideologías hacen referencia a una metafísica y un suelo común, dictado por la oposición problemática naturaleza/cultura. Las dos serían aporéticas y no podrían ser sin ayuda de la otra. Más aún, vemos que dependiendo de la cultura o sociedad en cuestión, pueden servir a distintas agendas políticas, sean estas de izquierda o de derecha. Dos legalidades se encuentran y ninguna puede llegar hasta sus últimas consecuencias lógicas, “el Naturalismo no es menos natural que el Convencionalismo”.[7]

Por un lado tendríamos la ilusión, es decir la droga de un naturalismo universal, al mejor estilo de la ideología de la derecha más intransigente, y por otro, la droga de una absoluta y libre conciencia que todo lo puede. En el fondo, ambas serían una misma droga: El absoluto.

“Lo Real”[8] es ambivalente y contaminado, siempre impuro, lleno de matices. No obstante la droga promete lo puro, en el éxtasis de la droga es la ley del Todo o Nada. En este sentido podemos extender el campo semántico de la droga e incluir en ellas la literatura, la filosofía, la ciencia, etc. Todas estas experiencias nos dan visiones parciales y narcotizantes de lo real, que nunca se nos presenta incontaminado por nuestras historias, fantasías y construcciones de sentido.

Según Avital Ronell, la adicción sería una estructura fundamental del ser humano[9]. No hay cultura sin cultura de las drogas. Es por esto que es preciso admitir que no hay áreas ni sociedades libres de adicción, más aún, de modo Nietzcheano, que habría buenas y malas adicciones.

¿Qué nos lleva a obsesionarnos con un objeto? ¿qué investiduras libidinales están en juego? Deseamos ser “poseídos por el Otro”, despojados de libertad.  En este sentido, este hecho nos pone en contacto con toda la historia del arte y la inspiración.

El artista es inspirado y poseído, la experiencia de la pasividad absoluta. El otro se asimila, uno se nutre del otro. Esto nos lleva a pensar en la metáfora oral y toda la carga semántica del consumo y la expresión y su doble función: la boca introduce un objeto pero también expulsa, profiere, canta, expresa. El poeta intoxicado, el enamorado por la influencia del Otro, canta y expresa, pero no todo es placer. Habría aquí una conexión íntima entre placer y dolor.

El placer extático de la droga y la adicción es violento y destructivo e incluso letal. Si la adicción y la droga conectan con el Otro, también desconectan y amenazan el vínculo y el lazo social de manera violenta. Es esto lo que hace de esta estructura algo tan amenazante. Desde la iluminación en adelante, hay un énfasis en lo público y la luz, todo debe ser transparente a todos. El escritor, el drogadicto y el intelectual solitario amenazan a esta pretensión. Es de esta forma como Adorno y Horkheimer aciertan cuando entienden que la droga siempre ha sido asociada con el Otro oriental, y este siempre es fascinación y miedo, a él se dirigen maldiciones y bendiciones.

No obstante, la droga y la adicción posibilitan la iluminación en primer momento. Y aquí podríamos hacer toda una historia del café, y del tabaco y como ellos han estructurado nuestra cultura intelectual, basta pensar en los cafés de París o Londres[10], en donde nacieron y se desarrollaron culturas completas de disensión y crítica social.

Más allá del bien y el mal, la droga y la adicción son palabras que nos hablan de nosotros, y nos interpelan y dan cuenta de nuestras mayores virtudes y nuestros peores defectos. Nos hablan del peligro que implica vivir el riesgo de la droga, remedio y veneno al mismo tiempo. Sería una cosa de negociar la dosis y el tipo de droga, de manera constante.

Malas drogas nos afectan hoy en día. Por ejemplo, el tipo de drogo-discurso que, como toda droga, simplifica lo real reduciéndolo a la violencia del todo y nada. El pensamiento oposicional metafísico, el de las verdades absolutas y que concibe la diferencia como oposición. Esta “droga” resulto ser letal para un joven chileno en estos días[11].

Hombre o Mujer, como opuestos absolutos. Una droga altamente destructiva de la que todos somos consumidores y usuarios de alguna u otra forma, pues habitamos un lenguaje que lleva inscrito en sí la normalidad (la razón, la ley) como su condición de posibilidad. Lo que no quiere decir que esta “normalidad” no sea histórica, artificial y  deba ser revisada constantemente y rearticulada acorde con nuevos conocimientos e ideas, así como nuevas condiciones  y configuraciones fácticas. Como modernos que somos, nos hemos hecho adictos a la certeza, a las ideas y personas “claras y distintas”.

El pensamiento oposicional es sólo una manera, entre otras, de entender y comprender la diferencia sexual, hasta ahora dominante en occidente, pero criticada y “superada” o rearticulada por la deconstrucción.

Aquí es donde remedio y veneno se hacen inevitables para poder pensar en la gran droga de la Razón. Por un lado, nos lleva a obliterar la diferencia en pos de la comprensión, simplificación y la generación de conocimiento, por otro nos lleva a criticar este conocimiento y a insistir en su constante rearticulación, es más, el conocimiento mismo genera sus propias herramientas de crítica. El aspecto destructivo estaría en creer con una fe ciega en las construcciones de la razón, en un cierto sistema de creencias determinadas que no dejarían espacio para lo nuevo, para una constante rearticulación. Fin del lenguaje y la necesidad de hablar, pensar y escribir, intoxicación por exceso de certeza.

Por otro lado, el  aspecto de remedio y de emancipación es la fuerza crítica y creativa del lenguaje que debe adaptarse a condiciones siempre nuevas y diferentes y por ende nunca cesar de evolucionar y modificarse.

Es por esto que es necesario insistir en la crítica emancipadora que nos lleva constantemente a rearticular nuestros discursos para poder tener comprensiones cada vez más fieles a una realidad altamente compleja y diversa, descartando de plano la pretensión narcotizante de que este proceso puede llegar en algún momento a su final. ¿Habrá pues un tiempo para todo bajo el sol como nos invita a pensar el Qohelet?


[1]   Plato’s Pharmacy, Jacques Derrida

[2]   The Rethoric of Drugs, Jacques Derrida

[3]   íbid

[4]   íbid

[5]   Crack Wars, Avital Ronell

[6]   íbid

[7]   íbid

[8]   Ocupo esta palabra en su sentido lacaniano, es decir el límite de la significación.

[9]   Ver Crack Wars

[10] El primer café de Londres lo instaló un judío.

[11] Se trata de Daniel Zamudio, jóven brutalmente asesinado por ser homosexual, por parte de un grupo neo Nazi.

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