Praga, la verdadera ciudad Gótica

por ASHER PERMUTH, Ingeniero Comercial, U. de Concepción. Fotógrafo y Piloto Privado.

 

Subirse al avión con 24ºC y bajarse con -7 a nadie le hace gracia. Menos cuando te estás repitiendo el plato para darle a tu esposa el regalo de cumpleaños prometido.

Ahí estaba yo a punto de recorrer la cuna de las revoluciones modernas con un clima que mis genes no tocaban desde hace tres generaciones.

Fue un descubrimiento notable. Praga es realmente una cuidad increíble y, a pesar de lo pequeña que es, quizás 3 veces no serían suficientes para decir que conozco todo lo que pasa ahí.

No solo tienen al Golem, Mahler, Dvorak, Kafka y Kundera, sino también Neruda y Bata (sí, Bata es una marca checa y Neftalí Reyes adquiere su seudónimo del poeta checo Jan Neruda). Tienen además el mayor consumo de cerveza per cápita (132 litros anuales por habitante), gozan de ser el pueblo más ateo y son considerados el país europeo más democrático. Abrazaron voluntariamente el comunismo (elecciones de 1946) en la época de mayor amabilidad de la URSS, para terminar en la Primavera de Praga (1968), Revolución del Terciopelo (1989) y finalmente –y también en forma pacífica- la división de Checoslovaquia en Republica Checa y Eslovaquia (enero de 1993).

Lo anterior ha creado una generación de liberales-conservadores; góticos-barrocos dueños de la ciudad más linda del mundo, y exportadores de las mujeres más bellas que la generación de mi padre, tíos, hermanos mayores y que todo aquel pre 1970 pudo ver… los que me lo recordaban mandando mensajes todo el viaje.

No por nada, Hitler ordenó que no tocaran la ciudad cuando anexó el país durante la segunda guerra mundial –el único bombazo fue de los aliados y por error- en contraste con el resto de las capitales del vecindario que fueron duramente castigadas.

Tiene un sin fin de angostas y adoquinadas calles con las más diversas boutiques de ropa, galerías de arte, restaurants y tiendas de souvenirs donde felizmente vendían guantes, orejeras, gorros de lana y bufandas. Todo lo anterior se transforma de blanco a negro cuando cae la noche -cual pole dance de Bruce Wayne bajando a su Baticueva- para dar paso a bares de Absenta, clubes de Jazz, subterráneos con música electrónica y vitrinas polarizadas de dudosa reputación. Todas esas pequeñas y amables tiendas reabren con la luna a la vorágine de la noche en uno de los lugares de más vida en los que he estado. No por nada es la capital histórica de la región de Bohemia (dícese de donde vienen los bohemios) y también su vecina región de Pilsner -cuna de la querida Pilsen.

A paso ligero, puedes recorrer gran parte de la ciudad en una mañana (recomendado) para después entrar en detalle, ya que al revés puedes terminar conociendo a la perfección una mínima parte de la ciudad en gran parte de tu visita.

Salimos de nuestro hotel en plena Ciudad Vieja (Staré Město) rumbo al Puente de Carlos, buscando su reflejo en el Moldava y la vista nocturna de la Catedral de San Vito (en el camino paramos por artículos anti frío), para partir el tour caminando Praga sobre el reflejo en los adoquines húmedos… algo sobrenatural. Terminamos la noche en un restaurante turco y tratando de pasar el frío con un garrón de cordero que me tuvo despierto hasta altas horas de la noche viendo Back to the Future doblada al checo – Europa del este ama el doblaje.

De día y con uno grados más, caminamos hasta la Plaza Antigua para ver su Reloj Astronómico -el reloj medieval más famoso del mundo, de 1490-, subir a la torre (tremenda vista) y encontrarnos con nuestro tour por propina (muy recomendado para ese primer paseo a paso ligero), donde nuestra guía –Petra- resultó además ser estudiante de arquitectura, por lo que nos deleitó hasta la médula con cuanta gárgola encontramos. Para no dejarlo pasar, en esa misma plaza venden un canapé callejero de chancho que está asándose en madera y acompañado de vino navegado o cerveza, y después de mucha insistencia de los locales, comprobé que es el mejor remedio para el frío. Justo al lado, hay una placa que marca el bar donde Albert Einstein se reunía a tocar el violín y conversar (…en Absenta) con sus amigotes Brod y Kafka. También fue la ciudad donde comenzó a desarrollar su teoría de la relatividad (Praga = Musa inspiradora).

Caminando al este llegamos al majestuoso Puente de Carlos, sus estatuas y su vista a la Malá Strana (ciudad Pequeña). De las estatuas, solo voy a mencionar la Santa Cruz del Calvario, imagen de la crucifixión de Jesús fundida en Bronce en 1657 donde es posible leer -Kadosh Kadosh Kadosh, Adonai Tzevaot. En 1696, el tribunal real obligó a la comunidad Judía a financiar la inscripción en sanción a las burlas de los transeúntes cuando cruzaban el puente camino a sus casas en el barrio Judío, al otro lado del río.

Subiendo desde la otra orilla del Moldava está la Catedral gótica de San Vito (1344-1929), clara inspiración de Gaudí y su Sagrada Familia. La iglesia se reinventó durante los siglos, agregándose sobre el sombrío arte gótico, con muy poco gusto y mucho Rococó romano, casi colgando cual adorno navideño con un toque de propaganda política de la Rotonda Atenas, un sinnúmero de angelitos gordos y rosados, todo esto con el fin de atraer fieles, los que se incomodaban con la presencia de gárgolas cuidando sus rezos. Ante los ojos del marketing de la época, la imagen del gordo feliz era mucho más amena.

Bajando de la Catedral de San Vito, en pleno barrio judío (Josefov) y frente a la casa del Golem (la Sinagoga Vieja Nueva: uno de los primeros edificios góticos de Praga construida en 1270) está el antiguo Cementerio. Según algunos, data del siglo V y goza de ser el más antiguo cementerio judío remanente en Europa con más de 12 capas de tierra (la Halajá impide trasladar las tumbas) y el “libro aquel” suponía que aquí se encontraban los Sabios de Sion a escribir sus “Protocolos”. A pocas cuadras, está la Sinagoga Española (1868), como de costumbre algo más colorida que el usual blanco pálido de la prima Askenazí. Hoy, convertida en museo y con una arquitectura de perfectas cúpulas en lo alto del techo, donde con el pretexto de pasar un poco el frío logré convencer a mi acompañante para entrar a un concierto de cuerdas de Dvorak y Gershwin. Disfrutamos de un sonido envolvente natural que ya hubiese querido el mismo Alan Parsons.

Cerramos el paseo con una cena exquisita en el U Marilú (abierto en 1543), un pequeño salón en la Praga antigua cerca del Puente de Carlos donde estábamos solos con otra pareja de góticos (obvio), él con un tétrico parecido a Marilyn Manson, quien a la mitad de la cena pide matrimonio y comienzan a abrazarse y celebrar. Yo miraba a todos lados a ver en qué momento salía Jodorowsky a casarlos.

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