Estancados a 50 años de la Guerra de los Seis Días

por NOAM TITELMAN, Economista, PU. Católica de Chile. Lic. en Letras Hispánicas, PU. Católica de Chile. Est. Metodología de la Investigación, London School of Economics. Ex Presidente FEUC. Investigador, U. de Chile.

Este 2017, se cumplen 50 años de la Guerra de los Seis Días. Esta brevísima guerra, que en un primer momento fue la espectacular victoria de Israel contra una alianza de cuatro países árabes que buscaban borrarlo del mapa, en un segundo momento, fue el comienzo de la ocupación israelí de los territorios palestinos, uno de los conflictos más relevantes y vergonzosos del Medio Oriente.

De niño, vi una película que, por alguna razón, nunca la olvidé: Me hajorei hasoraguim (Detrás de las rejas). La verdad, la película sólo destaca por la notable aparición de Boaz Sharabi, con una canción que todavía pone los pelos de punta. Esta película de 1984 tendría todas las características de un filme para el olvido, excepto que no. La línea argumentativa de la película sigue las peripecias de dos personajes en la cárcel central de Israel. Un israelí encarcelado por robo armado y un palestino encarcelado por violencia política, relacionada a la OLP. Una serie de circunstancias los llevan a aliarse en un motín contra un gendarme corrupto. Podría parecer una historia más de una película feel good, antecedente cultural, de las negociaciones de paz, lideradas por Itzjak Rabin y Yasser Arafat, que condujeron al acuerdo de Oslo en 1993. El periodo previo a estas negociaciones está lleno de referencias culturales que precedieron la expresión política de los tratados de paz: películas, obras de teatro y música que siguen una línea similar (“no somos tan diferentes, unámonos por un bien superior”).

Sin embargo, hay algo en el tono de la película que, lejos de un optimismo ingenuo, parece evocar una sensación de estancamiento insuperable. Sospecho que uno de los aspectos más penosos del internamiento en una cárcel tiene que ver con la forma de relacionarse con el tiempo. Cosas como los días de la semana, los meses del año o, incluso, los años de la vida, parecen perder significado, siendo reemplazados por la omnipresente rutina. En la cárcel, sólo hay dos tiempos: el inmóvil de adentro y el inimaginable de afuera.
El recuerdo de esta película se me mezcla con vagas nociones de cuando, viviendo en Israel, me enteré de que asesinaron a Rabin. En particular, recuerdo la total incomprensión de cómo, luego del magnicidio por parte de un judío ultranacionalista, resultó electo Benyamín Netanyahu, candidato del discurso derechista y nacionalista. Pasarían varios años antes de comprender las vueltas y traiciones que trae la política cuando su actuar se motiva por el miedo y la rabia.

Han pasado 20 años desde ese episodio. El proceso de paz entre palestinos e israelíes no ha avanzado nada. Y para colmo de ironías, mientras todos los políticos de la época de Rabin están jubilados o muertos, Netanyahu está en la jefatura de gobierno. Desde Chile, a miles de kilómetros de distancia, todo parece tan lejano e igualmente sin sentido que cuando tenía ocho años.

En Chile, hace poco, un amigo me recomendó comprar una botella de vino y guardarla para el gran momento en que finalmente, luego de tantas décadas de conflicto, se firmara el prometido acuerdo de paz y hacer un brindis a la distancia. Sus padres hicieron algo parecido desde el exilio, esperando la caída de Pinochet. Al final lo hicieron para su muerte. Pero esto no tendría sentido por dos motivos. El primero es que, a estas alturas, parecería que el vino inevitablemente se avinagrará completamente, antes que llegue el momento. El segundo es que sospecho que, cuando llegue el momento, va a haber poco que celebrar. No porque no sea un momento de tremendo avance para ambos pueblos, sino porque, como todos los momentos realmente significativos en la historia, estará lleno de contradicciones e insatisfacciones. No hay ningún acuerdo que dé realmente satisfacción a los familiares de los muertos, a los desplazados, a los que esperaron durante décadas justicia, y con suerte recibirán reparación.

Hay una famosa frase de Rabin que se suele repetir en las conversaciones sobre medio oriente y ha adquirido algún nivel de lugar común en Israel: “la paz se hace con enemigos, no con amigos”. Es raro que sea una de las frases con la que más se recuerde a Rabin, una frase que dice una obviedad tautológica. Pero cuando un ex soldado la decía, oficial condecorado de la Guerra de los Seis Días y con un rol protagónico en la conquista de Jerusalén Oriental, estaba diciendo mucho más. Estaba apelando a una faceta del poder desnudo. Con todas las diferencias y matices contextuales, en los momentos críticos, en que un despiadado pragmatismo sustituye el debate cotidiano de la política, lo que emerge es la terrible e innegable verdad que el “poder es poder”. Curiosamente, el momento de Rabin coincide con los tiempos que en Chile dominaba el lema de “justicia en la medida de lo posible”.

Se repite la rutina sin fin de Netanyahu estrechando cariñosamente la mano del presidente de twitter, y celebrando que el presidente con menos criterio de la historia reciente de Estados Unidos se haya tomado fotos en Jerusalén Oriental y el Kotel, lo que en la matemática simbólica de líder de la causa israelí “suma puntos”. El mismo Netanyahu apoya la construcción del muro de Trump, aludiendo al “exitoso resultado” del muro de Israel.

A 50 años de la Guerra de los Seis Días, las cosas se ven bastante parecido a “Detrás de las rejas”. Una sensación de estancamiento asfixiante. Quizás por eso me imagino el momento en que se ponga fin al conflicto entre palestinos e israelíes como una revuelta en una cárcel contra un gendarme corrupto, sin ninguna gota de camaradería o simpatía por el otro, sino con un pragmatismo que susurra sin melodrama: “basta ya”.

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