El milagro del Coronavirus

por BERNARDO SORJ, MA en Sociología, U. de Haifa. Ph.D en Sociología, U. de Manchester.

 

Cuando el ángel de la muerte se abatió sobre Egipto, los hebreos recibieron la orden de refugiarse en sus casas, pues quien saliese moriría, y quien se quedase en su hogar partiría el día siguiente hacia la libertad.

En Pesaj, festejamos el inicio de una travesía hacia la libertad. Libertad siempre relativa, evasiva, imposible de definir, pero que redescubrimos cada vez que nos enfrentamos con situaciones de opresión.

No vivimos en tiempos bíblicos y nuestra travesía después de la pandemia será otra. No habrá designio divino ni el liderazgo de Moisés para guiarnos; y no será el recuerdo de pueblos en conflicto, sino el del conjunto de la humanidad toda enfrentando a un enemigo en común. Y no será solamente la travesía del pueblo judío, será la travesía de la humanidad.

El “milagro del Coronavirus” es que, por primera vez en la historia humana en general, y del pueblo judío en particular, cada muerte, de cualquier persona, en cualquier lugar del mundo nos coloca frente a un espejo en el cual vemos nuestros rostros y los de nuestros seres queridos. Sin importar dónde, religión, raza, o posición social, todos nos sentimos parte de la misma comunidad humana y de la misma batalla, al frente de la cual no están ejércitos sino médicos, enfermeros y científicos. Hoy, la noche de Pesaj es diferente de todas las otras noches de Pesaj.

La Segunda Guerra Mundial llevó a la Declaración de los Derechos Humanos. Podemos lamentar que la humanidad necesite de grandes tragedias para avanzar. Así fue y así será. Para que la tragedia actual no haya sido en vano, cada uno deberá preguntarse qué aprendió en los tiempos del Coronavirus.

Todos queremos volver a nuestra vida normal. Algunos, esperamos que no muchos, como el Faraón de Egipto, no aceptarán que su omnipotencia sea cuestionada. Otros, cada uno a su manera, usará esta oportunidad para cambiar su conducta, en su vida personal y colectiva.

Cada uno tendrá su lista de cambios a hacer. Sólo puedo proponer la mía, por supuesto limitada, que tendrá que ser enriquecida en las más diversas formas por cada uno, en la vida personal y en la acción colectiva.

Vivimos en una sociedad que no nos permite distinguir entre lo esencial y lo secundario. Hoy, descubrimos que pocas cosas son esenciales para vivir, y que nuestra principal preocupación es con el bienestar básico de nuestros seres queridos, y que éste depende del bienestar del conjunto de la sociedad nacional y de la humanidad.

Y que, como aprendieron nuestros antepasados, el humor es fundamental para conservar nuestra normalidad. La capacidad de reírnos de nosotros mismos y de la situación en la cual nos encontramos es la mejor defensa para alejarnos de nuestros miedos, y no caer ni en la depresión ni la histeria. Sólo los fanáticos, que se alimentan de odio, no pueden soportar que la gente pueda mirar a la vida con un poco de ironía y una sonrisa.

El Estado es imprescindible para proteger a sus ciudadanos. Sin Estado no hay sociedad. Ciertamente debemos mejorar cada vez más la calidad de nuestras instituciones democráticas, pero la ilusión individualista que se orienta por el principio de cada uno por sí y el mercado por todos, no solamente ofende lo que las religiones y el humanismo moderno nos enseñaron, como empuja la sociedad hacia el abismo.

Queda claro que, fuera de la ciencia, existen creencias espirituales que deben ser respetadas, pero en temas mundanos la alternativa a la ciencia es la charlatanería. Esto no significa que los científicos no puedan estar equivocados. Ellos erran, incluso porque el error es una parte constitutiva de la investigación científica. No es que debamos tomar la palabra de cada científico como la verdad absoluta, incluso porque la ciencia no tiene dogmas y la divergencia es el corazón de la vida académica. Pero es sobre su base y a partir de ella que podemos tomar decisiones.

En este momento difícil, casi nadie busca información fuera de los medios de comunicación confiables. La industria de las fake news, que difunde desinformación y odio, está en estos momentos moribunda. En situaciones de riesgo real evitamos oír mentiras que tienen por objetivo alimentar prejuicios, o leer mensajes de odio, porque sentimos que estamos todos en el mismo barco, y tenemos que ser solidarios y pensar en el bien común. Pero las fake news, apenas puedan, volverán a atacar. Porque la agenda política de los que las producen se basa en la demonización de las élites culturales, científicas y de los medios de información, en la falta de respeto al debate informado de ideas y a la diversidad de opiniones.

Si estos tiempos, con su rastro de angustia y dolor, nos ayudarán a reflexionar y a cambiar para ser mejores, como individuos y sociedad, podremos celebrar, en lugar de tratar de olvidar, que fuimos parte de una experiencia única, que trajo mucho sufrimiento, pero que también nos permitió ser parte de una nueva travesía de todos los seres humanos, que comenzará el día que podamos salir de nuestras casas.

Porque aprendemos de la experiencia en tiempos de pandemia, tenemos que agradecer: Shehejyanu, ve´quimanau ve’higuianu lazman haze. Que vivimos, que existimos, que llegamos a este momento.

 

Foto: M. Bernetti / AFP

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