El sexo bíblico en el arte religioso: testimonios de pecado, moral y castigo.

por FACUNDO VERGNIAUD, Est. Derecho, U. Nacional de La Plata.

 

Si la magnitud del enemigo se mide bajo el castigo que este merece, el mayor enemigo de la civilización occidental cristiana es el sexo. En épocas donde la educación estaba a cargo de las instituciones de la iglesia, y salvo el clero, las poblaciones eran analfabetas, la forma más eficiente para la transmisión de los valores fue el arte, particularmente la pintura.

Durante la Edad Media, la Iglesia no solo monopolizo la educación, si no también la producción de arte pictórico. Las grandes escuelas de pintores estaban regenteadas por mecenas religiosos, quienes haciendo las veces de críticos de arte, marcaban el pulso sobre que pintar. Su sentimiento caritativo para sostener económicamente a los artistas  no fomentaba el arte en sí, si no como herramienta política. Bien podríamos aplaudir este gesto, ¡qué mejor que arte y encima político!, pero el quid de la cuestión, el contenido “socializador” de las pinturas. Hombres empalados por haber tenido sexo entre ellos, mujeres diabólicas por ser las pecadoras originales, torturas de lo más originales para las prostitutas y los adúlteros, entre otras tantas bellezas.

Siguiendo la cronología de la biblia, las pinturas principales, en tamaño, ubicación dentro las iglesias y calidad artística, fueron las que representaban a Adán y Eva.  Adán como un esbelto muchacho, tapado su sexo, y Eva la libertina, desnuda, impudorosa. Durero, Schnorr, Chapron, por ejemplo, representaron a la mujer con cabeza de serpiente, con las piernas retorcidas generando junto con su mirada, una sensación de goce, y, por sobre todas las cosas, con sus pechos y vagina al descubierto, a diferencia de Adán, que aparecía tapado, e incluso asexuado. La lección de Eva, la mujer tiene tendencia, desde su origen mismo, al pecado, disfruta del sexo, como solo las almas diabólicas lo pueden hacer, y es su tarea tentar a los hombres.

Sodoma y Gomorra eran el festín para los pintores, pueblos enteros de pecadores, ¡cuánto para pintar! ¿Y cómo ser originales? No escatimaron en su talento. El gran incendio, castigo de las prácticas sexuales de los habitantes de Sodoma y Gomorra, y su carácter aleccionador, era tan importante para la Iglesia que fue pintado en la Capilla Sixtina, recinto de las máximas autoridades eclesiásticas. En dimensiones colosales, de varios metros, se representó no el sexo homosexual, el adulterio y otros cantares, si no lo que les pasaba a aquellos que lo practicaban.

La familia, unidad funcional primordial de la sociedad prefabricada de la santa iglesia católica, exige fidelidad para su supervivencia, de ahí la obstinación con el adulterio.  El Giotto pintó en Padua a una pareja de adúlteros colgada al fuego, el hombre con una soga atada al pene y la mujer con un gancho en la vagina, junto a ellos, un monje siendo castrado por el diablo. Moraleja, sexo solo con tu amada, y para procrear, y al religioso tentando, mejor autocastrarse a perderte en los males del averno.

La homosexualidad, otro atropello a la natural relación sexual procreadora, fue representada por Miguel Angel, en la Capilla Sixtina, un joven homosexual siendo destripado por su ano por la mano de un demonio.

Interesante es abrir la discusión de cuál es la función del arte, si embellecer a los objetos, a saciar nuestros ánimos consumistas, o reproducir valores, disvalores, ideas, entre otros.  El ejemplo de los efectos educativos que puede llegar a tener,  es increíble si se piensa el rol del arte religioso.

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