Coroico, la magia de vivir con la naturaleza

por NICO RIETHMÜLLER, Director Editor El Diario Judío.

 

Vine por sólo 2 o 3 días, pero algo me cautivó de Coroico que terminé quedándome más de un mes. A unas 3 horas de La Paz (menos de 90 km de camino), se encuentra ubicado este pueblito, en la cima de un cerro, rodeado de enormes y verdes montañas, llenas de vegetación, y un desfile constante de nubes que juegan en el cielo, esparciendo los rayos de luz hacia todas partes, creando los más bellos paisajes.

En el camino desde La Paz, ya las altas montañas amarillas de pronto se comienzan a ver sólo verdes y cafés, con formas bien prehistóricas, y uno va tan alto en esos pequeños caminos que bordean los cerros que, sólo con sacar el brazo por la ventana, mi mano es un verdadero avión entre las nubes, las que van volando conmigo a la misma altura. De pronto, aparece de frente el pueblito, perdido entre los cerros, todavía a 1 hora de camino. Cuando nos vamos acercando más, podemos ver que el camino de ingreso, un largo empedrado, además de la vegetación exuberante que lo rodea, está bordeado por grandes árboles cubiertos de flores naranjas, aportando todavía más color al cuadro. Esa energía tan especial ya comienza a sentirse.

Solo entrar al pueblo por 1 minuto en auto, y ya estamos en pleno centro, donde se encuentra la plaza principal, el corazón de la vida del lugar. El pueblo entero no se extiende por más de unas 5 callecitas para cada lado. En uno de los ejes de la plaza, la Catedral de San Pedro y San Pablo de Coroico. En las esquinas, puestitos de mujeres vendiendo refresquitos de duraznillo y canela, maíz o cebada, los infaltables pollos estilo KFC (muy típicos en todo Bolivia), y uno que otro heladero y señora con golosinas. Llena de niños jugando y corriendo hasta tarde, adolescentes con la pelota, señores pasando la borrachera, señoras descansando de cargar tantas bolsas e hijos, o vendedores ambulantes, de todo. Pero a pesar de toda la gente que la transita, la plaza es relativamente pequeña.

Siempre están los mismos personajes, y son tan pocos, que las caras se hacen familiares al par de días. Y cuando ven que el turista se encariñó con el pueblo y decidió quedarse, los rostros se hacen completamente amigables, como si uno viviera en la tierra de la cordialidad. Acá no sólo se conoce al dueño del almacén o del puesto, sino también a su familia, porque todos trabajan ahí ayudando a atender. Voy caminando por el pueblito, buscando las mejores cositas dulces que pueda encontrar, y todos ya se me hacen conocidos, y lo lindo es que uno también lo es para los demás.

Así conocí a Don Pedro, primero un viejito bien mañoso hasta que le logré sacar una sonrisa. Cuando lo saludé caminando por la calle fuera del almacén, estaba en shock que supiera su nombre. Uno de los momentos más emocionantes fue cuando me preguntó el mío. Y así también conocí a Doña Gregoria, la verdulera del mercado, que siempre se ríe porque huelo cada verdura que le estoy comprando. Y la tía que vende papelillos, la que vende los sandwichs (aunque la última vez me tiraba de la ropa y me mandaba besitos), la que me cocina mi almuerzo con presita extra, la que me cocina chicharrón de pollo con mote y chuño, la que me vende los manjarcitos y turrones de maní, y todas las que hacen brownies, quequitos y galletas.

Pero la energía de este lugar va más allá de su gente. Al segundo día, entre la lluvia y lo nublado, estaba medio aburrido con ganas de largarme luego, pero me ofrecieron unas cabañitas que estaban en un sitio bien “bonito”, que valía la pena ir a verlas. Y acá mismo terminé quedándome, al principio por 10 días, y luego ya asumí por el mes completo. A quién estaba engañando, no me iba a ir a ningún lado.

Cómo explicarlo. La cabañita ya es de película. Techo en punta triangular pero de jatata, material de hojas que las trabajan y van amarrando con el tallo a una madera, y así lo van construyen todo, apoyado sobre maderos más gruesos. 100% natural y 100% a prueba de agua, y eso que lo pruebo casi todas las noches con la lluvia. Una de las caras de esta cabañita es completamente abierta, con una puertita de bordes de madera y malla de mosquitero, igual que sus ventanas, saliendo a un balcón bien abierto, y esto en medio de las yungas, o principios de selva boliviana. Árboles grandes cubiertos de follaje, plantas de todo tipo, todo verde, todo además lleno de flores, y al fondo las montañas enormes y verdes, y las nubes desfilando. Todo desde mi cama, y por 3.500 pesos al día.

He tenido la suerte de viajar mucho, pero es primera vez en mi vida que veo muchas cosas, que me vuelven a asombrar tantas cosas. Desde el primer día que dormí y desperté en este lugar, simplemente no lo podía creer. Nunca he visto pájaros así. Nunca los había visto volar tan cerca mío, volar tan alto, planear al lado mío, pájaros tan grandes, de tan fuertes colores, aletear tan fuerte, y los sonidos que hacen son una locura, es un coro completo, como hablan y cantan, me sacan carcajadas. Verlos volar, o verlos ir de árbol a árbol, todos juntos.

Nunca las mariposas se vieron así. Son enormes, sus colores son impactantes, pensé que sólo existían así en los dibujos animados, y son tantas, por todas partes. Camino por mi jardín y pareciera que vivo en un mariposario abierto. Vuelan y se posan en uno, como en los cuentos. Azules intensos, celestes, moradas, blancas, sus alas de distintas formas. Al costado de un río al que fuimos de paseo, había un lugar de no más de un par de metros, donde había decenas de todo tipo, volando juntas. No lo podría creer, no pensé que existían lugares así.

Y las flores, crecen como maleza. Está todo cubierto lleno de flores rosadas, rosaditas, moradas, de todos los tonos, por todas partes, cubren las montañas, acompañan los caminos. Los truenos hacen sentir que pareciera que la tierra se fuera a mover. La lluvia cayendo sobre mi techo es otro espectáculo de sonidos. El aire se siente tan tan tan limpio. Las nubes hacen también un show constante. Y los vegetales, son ridículos, pero ¡qué sabores! Una simple ensalada de tomate, pimentón, pepino, alguna hierba y un ají picado, y pareciera que son las verduras más frescas que alguna vez probé. Simplemente deliciosas y tan reales.

No recuerdo cuando fue la última vez que dormí tan bien. Que me despertaran los cantos de los pájaros, o dormirme con esos pequeños sonidos de criaturas que reposan en los árboles y en las plantas. Nunca más escuché una bocina, a lo lejos a veces suena un motor. Mi entorno está completamente vivo, y así también me hace sentir.

Este tiempo, coincidentemente con el mes de Elul, me hizo pensar en la cantidad de cosas inútiles e “importantes” que tenemos y “necesitamos” alrededor. Hay muy pocos autos, no hay wsap, pero la verdadera calidad de vida está aquí. Después de vivir esta experiencia, me cuesta muchísimo más encontrarle un sentido al estilo de vida que se construye en Santiago.

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