Nuestra discriminación cotidiana

por ALBERTO ASSAEL, Magíster en Terapia Familiar y de Parejas, King’s College London. Psicólogo Clínico, PU. Católica.

 

En mi formación como terapeuta en Londres, la pregunta por el poder en la terapia era un eje central, sobretodo preguntarnos por cómo nuestras características y posición de privilegio afectan la relación terapéutica, tema que en mis estudios en Chile nunca nadie en ninguna clase mencionó. En Europa, el racismo se considera algo cotidiano y sistemático,  el sufrimiento de la gente no-blanca es diario y el miedo a ser discriminados moldea su conducta día a día.

Yo soy un hombre blanco de clase alta, lleno de privilegios. Cuando una paciente acepta una intervención, ¿Qué parte de ella está respondiéndole al hombre blanco privilegiado que tiene al frente? ¿Le estoy entregando, por ejemplo, a esa mujer mapuche la seguridad para estar en desacuerdo conmigo? Conmigo, que más encima represento a una institución de poder, que puede ser incluso el gobierno si trabajo en la red de salud pública.

¿Doy la posibilidad de abrir la discusión acerca de su propia historia con los hombres blancos que la pueden haber oprimido en el pasado abusando de su poder? Yo extrapolo esto a todas nuestras relaciones. Nuestro color, nuestra figura, nuestra manera de hablar, todo las determina.

La gente común no nos consideramos racistas y sé que nadie de mi círculo apoyaría, por ejemplo, lo que ese policía le hizo a George Floyd. Sin embargo, el racismo es un problema cotidiano y no verlo es parte del problema. Síntoma de esto es no tener espacios de reflexión en los colegios y universidades.

En Chile, hace unos diez años era difícil ser racista contra una persona de piel negra, porque no las veíamos en la calle, y si lo hacíamos, la diferencia nos despertaba curiosidad más que otra cosa. Hace 15 años, directamente era imposible. Pero ahora en Chile tenemos una migración de haitianos y haitianas, entre otras nacionalidades que han llegado especialmente este último tiempo de toda la región en búsqueda de mejores oportunidades. Las diferencias externas en el espacio público se hacen mucho más evidentes, y estas son determinadas según los prejuicios raciales. 

¿Te has detenido a hablar con ellos? ¿Te cansas porque no manejan bien el español? ¿Les tienes pena o lástima por estar aquí? Me parece que debemos bajarnos de nuestro ego enaltecido que nos hace creer en nosotros los buenos y que los malos racistas están allá lejos, en Estados Unidos, en la Policía. 

Debemos ser conscientes que, aunque no nos consideremos racistas, podemos tener actitudes que hacen sentir mal a una persona diferente. Algo tan simple como invadirlo con mi curiosidad, mirando de una forma fija e incómoda, o adoptando una actitud lastimera, o asustándome porque pienso que me pueden atacar, o incluso querer ayudar cuando ni siquiera sé si el otro quiere mi ayuda. Esto no tiene que ver con considerarnos santos y libre de malos pensamientos, sino ser reflexivos y asumir que la diferencia nos afecta, y cuando lo haga, poder revisarnos sin perder de vista al otro.

Al final es asumir que no sabemos. Que para una persona que por generaciones ha sido perseguida, maltratada, discriminada y oprimida, su forma de percibir mi mirada, mi palabra, mi trato, puede ser muy distinta a como yo creo, pese incluso a mis intenciones. Como hombres blancos, ni tú ni yo tenemos idea de lo que se siente.

 

Foto: cuadro del autor.

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